lunes, 16 de julio de 2012

TERCERA SEMANA EN ÁFRICA

Lunes 09 – 07 – 2012  

Desperté bajo el mosquitero azul y en cuanto vi la intensa luz colándose por la ventana supe que me había quedado dormido. Caminé hasta el baño y lamenté no tener más tiempo para aprovechar el agua caliente que caía sobre mi rostro. Tenía que llegar a tiempo a la embajada de Chile para entregar mis documentos a Gonzalo Fernández, el cónsul de mi país en Kenya. Bajé las escaleras y en el comedor del hotel me esperaban Andrea y Francisca listas para partir. El tráfico es terrible en esta ciudad así que será mejor que nos apresuremos” sentenció Andrea y sí que estaba en lo cierto porque casi no llegamos a tiempo. Nos subimos al auto y mientras nos movíamos por Nairobi lamentaba haberme perdido el desayuno por culpa de mis hábitos de sueño.

A la mitad del camino, nos desviamos de nuestra ruta y estacionamos frente a un gran supermercado: Nakumatt. Andrea compró unos chocolates para agradecer la orientación prestada por la embajada, en especial por el cónsul, quién la ayudó con los problemas que tuvo con la visa al final de su estadía. Mientras esperaba para pagar por ellos en la caja, yo me quedé en los enormes pasillos entretenido con toda clase de productos que, en su mayoría, no había visto nunca antes.

La embajada de Chile queda en un sector de Nairobi llamado Riverside Drive, que destaca por sus bellos jardines y por las enormes casonas que alojan a distintas embajadas. A medio camino, hacia la izquierda, nos encontramos con un cartel blanco que lleva escrito “Chilean Embassy” con letras rojas como los pétalos del copihue.

Hemos llegado. En la entrada un guardia de seguridad nos pregunta si tenemos una cita. Luego de anunciarnos, desaparece y regresa al cabo de unos minutos: el cónsul se ha marchado antes de lo previsto y nos informa de la situación sin abrirnos la enorme puerta de metal. Preguntamos si es posible dejar unos papeles con la secretaria y finalmente nos deja entrar. Una hermosa casa de mediados del ciclo pasado aparece ante nuestros ojos. Caminamos por un bello jardín celosamente cuidado y empujamos la gran puerta de madera. Nos invitan a tomar asiento y esperamos en una sala de estar. La decoración es sobria y los blancos muebles se reflejan sobre el piso de parquet. En una mesa dispuesta al centro de la habitación, un especial de Nicanor Parra del diario The Clinic espera paciente por alguien que se interese en sus páginas repletas de antipoesía. A mi izquierda, un ventanal ofrece una vista al imponente patio trasero. Al cabo de unos minutos una bella mujer de color nos da la bienvenida calurosamente. “Es la secretaria del embajador” me susurra Andrea y mientras le explicamos los motivos de nuestra visita nos cuenta que el cónsul no ha podido esperarnos, pero que el embajador se encuentra en su despacho y sin dejar de sonreír nos pregunta si queremos conversar directamente con él y la seguimos al segundo piso.

Konrad Paulsen, el embajador de Chile en Kenya, es de esas personas que quedan grabadas en la memoria. Cálido en el trato, nos da la bienvenida y nos invita a tomar asiento. Su entusiasta personalidad llena con suficiencia la enorme habitación y durante los siguientes 15 minutos las palabras salen disparadas de su boca en una ráfaga de balas, una inmediatamente tras la otra, cómo si se tratase de una potente metralleta. Es difícil seguirle el paso, pero muy entretenido e interesante. Nos despedimos y nos invita a volver.

Nos vamos ahora al centro de Nairobi. El tráfico no mejora y terminamos almorzando alrededor de las 16:00 así que comemos sendas hamburguesas y volvemos al hotel para descansar un poco.

En la noche salimos a comer. Andrea más callada que de costumbre observa la calle a mis espaldas y sus verdes ojos se pierden entre el los cientos de autos. Puedo advertir que ha estado llorando, pero respeto su silencio y con Francisca intentamos decir algo estúpido que resulte gracioso para ganar su atención y al ver que nos da resultado sonreímos satisfechos con una copa de vino chileno en la mano. La vuelta al hotel es silenciosa. Nadie quiere quebrar el delicado equilibrio de ese momento con sentimentalismos. Nos damos las buenas noches y nos metemos en nuestras respectivas habitaciones. Cada uno absorto en sus propias cavilaciones: Andrea pensando en lo difícil que será volver a Chile, Francisca conciliando la idea de que le quedan sólo unas semanas en África y yo, asustado ante el inminente desafío de quedarme solo en este lejano continente.


Con Francisca y Andrea disfrutando los últimos momentos juntos


Martes 10 – 07 – 2012  

El cielo estaba nublado. Me desperté más temprano de lo usual. Cuando miré la hora, el reloj marcaba las 07:12 y si bien no quería perderme nuevamente el desayuno, la razón de mi ímpetu por levantarme de la cama no era ésa, sino un mosquito que había entrado en mi mosquitero y el agudo sonido del batir de sus alas me obligó a salir de ahí. Me senté en el escritorio al frente de la cama y comencé a escribir.

Cuándo bajé a tomar desayuno pude darme cuenta que los demás dormían. El intenso sabor del chocolate caliente me despertó y me reí entre dientes cuando me sirvieron mango y tostadas con tortilla española. ¡Que delicia! Luego subí a mi habitación, me bañé con agua caliente conciente de que pasaría mucho tiempo de ahora en adelante, bañándome con cubetas de agua fría. Preparé mi equipaje y nos reunimos con las niñas en el comedor.

Camino al aeropuerto nadie dijo nada. No creo que ninguno pudiese adivinar lo que estaba pasando en el interior de Andrea en ese momento. Aún no lo se y probablemente seguirá siendo un misterio que se me develará cuando cumpla mi propio proceso el año entrante. Seguro África caló profundo en su corazón y marcharse debe ser muy difícil. Cuándo estás acá comienza a cambiar en tantos sentidos tu manera de ver las cosas, que el choque al volver debe ser incluso más fuerte. Nos abrazamos por un período breve. Andrea no es buena con las despedidas y lo repitió en incontables oportunidades esta semana. La vemos desaparecer entre la gente y nos quedamos esperando para asegurarnos que no hay problemas con su equipaje. Al cabo de unos minutos estamos en al auto encerrados en el tráfico de Nairobi por tanto tiempo que tardamos horas antes de poder comer algo.

Luego de comer dejamos atrás los grandes rascacielos de la capital, el asfalto se interrumpe violentamente y nuestro auto deja una estela de polvo rojo. Kenya está frío y nublado, parece lamentar la partida de esta chilena que entregó un año de su vida para trabajar por la gente de la provincia de Nyanza. Esa tarde no hay sol y sin embargo, la belleza de los valles sigue siendo abrumadora. Son ocho interminables horas de viaje. No me lamento porque se que en bus serían muchas más y en condiciones muy incómodas.

Llegamos a Kisumu pasada la medianoche. Nos abrazamos con Jay y Agu que nos han acompañado a dejar a nuestra amiga. Permanecemos de pie junto al auto en silencio porque sobran las palabras y el peso de su ausencia aplasta nuestros cuerpos cansados y se condensa en el aire haciendo que las palabras se atoren en nuestras bocas y caigan a ese oscuro lugar dónde va a parar todo lo que por miedo, vergüenza o tristeza no se dice.

Entro en la casa, me desplomo en uno de los sillones de la sala de estar y puedo sentir cada fibra de mi adolorido cuerpo. Busco mi computador y espero encontrarme con algún correo electrónico que me inyecte energía para lo que se viene ahora. ¡Nada!. Mi correo está vacío y una mezcla de rabia, tristeza y frustración tensa mis cansados músculos y me llena de abatimiento. Me voy a la cama sabiendo que no pegaré ni un ojo en toda la noche. Y no me equivoco.

Entonces, en la mitad de la noche, me doy cuenta de que me he convertido en parte de esa África que nadie recuerda, la que no despierta el interés más allá de sus costas, la que se enferma de cólera en Somalia, la que sangra en Sudán del Sur, la que muere de sida en Zambia. Mi rabia se va apagando poco a poco, recuerdo mi vida en Chile y cómo antes de tomar la decisión de venirme yo formaba parte de esa masa que lo ignora todo, que no quiere saber lo que sucede más allá de sus narices, especialmente si la realidad que hay cruzando los océanos, perturba la frágil comodidad de sus vidas. Sonrío, contento de haberme  unido a los millones de africanos que a pesar de todo el sufrimiento, siempre sonríen en las calles, cantan a sus muertos y bailan sus penas. Poco a poco se esfuma la frustración inicial y da paso a la satisfacción de entrar en el espiral del olvido de esta hermosa tierra. Me duermo con la convicción que a eso vine, a empaparme de África y si eso quiere decir que dejo de estar presente en los pensamientos de algunos de los que he dejado al otro lado del Atlántico ¡Bienvenido sea!

Miércoles 11 – 07 – 2012

Cuando sonó el despertador quería seguir durmiendo. No había descansado lo suficiente y mi cuerpo aún resentía el largo viaje del día anterior. Salí de la cama y al llegar al baño recordé que el agua del pozo se había acabado. “Tendré que bañarme en la tarde” pensé y me reí de la situación. Ni siquiera tenía agua para lavarme la cara. Entonces recordé que había comprado agua mineral y que me quedaba algo en la botella. Me mojé el pelo y me lavé los dientes con la poco agua que tenía y salí de casa sin siquiera mirarme al espejo. ¡Qué sensación más liberadora despojarse de la inútil vanidad!

Crucé la línea del tren y luego la carretera. Mientras caminaba trataba de recordar todos los consejos que Andrea me había dado la semana anterior. Esperé pacientemente el matatu hasta que apareció (para que entiendan cómo funcionan estos pequeños buses les voy a contar que mientras el conductor está preocupado de manejar, otra persona se sienta en la puerta de atrás y es quién sube a los pasajeros, los acomoda en el reducido espacio y cobra el pasaje). Sabía que el costo del recorrido desde mi casa a Kisian Junction eran $30 chelines kenianos pero no me extrañé cuando el hombre que transa el valor del pasaje intentó cobrarme $50. Después de todo soy mzungu y muchos más intentarán sacar ventaja del color de mi piel. Me mantuve firme en el valor oficial y finalmente pactamos mi precio. Me subí orgulloso de mi primer éxito en el plano de los negocios.

Me bajé en Kisian y caminé por el mercado. Aún tenía la amargura de la noche anterior dentro de mí y justamente pensaba en eso cuándo alguien sorpresivamente tomó con fuerza mi mano izquierda. Miré hacia abajo y era un pequeñito de unos 5 años descalzo que me miraba con sus grandes ojos oscuros y con una sonrisa que podría haber comprado el mundo entero me dice “Mzungu how are you?”. Le devolví la sonrisa instintivamente y caminamos de la mano por entre los puestos de fruta unos 10 metros. Cuando me doy cuenta de que no tiene intenciones de separarse de mí, busco con la mirada entre la gente al adulto que se supone es responsable del pequeño. Aparece una niña un poco más grande, seguro su hermana. Me arrodillo y lo abrazo agradecido porque después de su dulce tacto que no conoce límites, se que el resto del día será excelente.

El sol de la mañana colándose por el follaje.

Los niños de Rota siempre posando para la foto.

Llego a Rota y entro en el dispensario. Las puertas están abiertas pero un silencio sepulcral llena la pequeña estancia, sólo interrumpido a ratos, por el batir de alas de los murciélagos que me observan desde su rincón preferido entre las planchas de uralita. “¿Dónde están todos?” me pregunto y al comprobar mi reloj veo que aún no son las 9:00 de la mañana y recuerdo que Andrea me advirtió que acá nada funciona temprano así que me siento a esperar. Por la ventana entra una suave pero refrescante ráfaga de viento. Pasa más de media hora antes que comiencen a llegar los demás.


Esperando a que lleguen los pequeños del Programa de Nutrición.
Me traslado hacia la otra casa. Parto mi mañana recordando cada pequeña acción de Andrea la semana anterior y cómo una se sigue de la siguiente para crear la rutina que da vida al Programa de Nutrición. Entonces comienzo sacando la tabla de madera dónde están dibujados los centímetros, la desmonto y la armo sin apremio, luego reviso la balanza y la calibro, saco la cinta medidora para chequear el diámetro de las extremidades y finalmente busco las fichas. Cómo Andrea me enseñó reviso el último control de los niños que están citados para hoy: 5 desnutridos moderados y 1 desnutrido severo. Deseo que dejen de ser números. Deseo llamarlos por sus nombres y conocer sus historias pero entiendo que el proceso es lento y que debo ser paciente.

Durante las próximas cuatro horas controlo y examino a siete pequeños, doy de alta a uno, pero ingreso a dos y me doy cuenta de que así será durante el año. El pobre acceso a los alimentos es la principal razón por la que los niños de Rota vuelven a perder peso y es así como algunos contraen el SIDA en esta etapa, porque sus madres enfermas prefieren traspasar el virus a través de la leche antes que verlos morir de hambre. Cuando termina la jornada el reloj marca las 13:40. Es hora de regresar a Riat.

El sol inclemente me espera y compruebo que el camino de vuelta a casa es siempre más largo. Llego cubierto de sudor a la carretera. Intento en vano buscar algo de sombra y pasan varios matatus en mi camino. Todos intentan cobrarme más de lo que sale el pasaje y ante mi negativa siguen su camino hacia la ciudad. Mi piel hierve bajo el sol hasta que alguien acepta cobrarme lo que es justo y me voy en un matatu repleto de gente. El olor dulzón de los cuerpos caldeados impregna el escaso aire tibio en el interior. Pienso que África huele a sudor, a pescado podrido, a mango y papaya, huele a enfermedad y a sangre coagulada pero por sobre todas las cosas huele a vida.

En la tarde hablo con Consuelo Voigt, directora ejecutiva de Africa Dream, pero por encima de todo eso, una amiga en esta travesía. Discutimos mis primeras impresiones y comenzamos a trazar líneas para planificar qué dirección tomarán las cosas este año. Hay mucho que hacer. Me voy a la cama feliz por mi primer día de trabajo en Rota.

Jueves 12 – 07 – 2012 

Hoy fue mi primer día en Kisumu District Hospital. Llegué temprano porque debía hablar con el Dr. Kwambai quién contra todo pronóstico se encontraba en su despacho. Entro y guardo silencio sentado frente a su escritorio. Se encuentra afanado buscando mis documentos (los mismos que dejé hace una semana atrás luego de intentar contactarlo personalmente en dos oportunidades). Observo sus movimientos y en medio del caos reinante veo encima de una pila de papeles al otro lado del escritorio lo que está buscando y se lo alcanzo. Me sonríe brevemente, pero inmediatamente cambia su expresión y sin mirarme me pregunta en un inglés algo difícil de seguir “¿Dónde está su permiso para trabajar en Kenya?” Le explico que estoy al tanto de la existencia de dicho documento pero para tramitarlo debo viajar a Nairobi y pagar una importante suma de dinero por lo que antes de iniciar los trámites quería conocer su impresión. El rictus de su rostro se suaviza levemente y agrega “Bueno. En ese caso puede comenzar sus rotaciones pero no olvide que debe tener el permiso si quiere permanecer un año con nosotros” y luego de eso se despide y vuelve a sus asuntos sin detenerse a esperar una respuesta.

Salgo de la oficina algo molesto con la idea de tener que pagar una suma cercana a los $100.000 pesos chilenos para poder trabajar en Kenya cuando se que no cobraré por mi trabajo y he llegado desde tan lejos sólo para prestar mi ayuda. Pero las reglas, son reglas y es mejor seguirlas, por muy en desacuerdo que esté con ellas.

Me presento ante el Dr. Otedo quién me recuerda perfectamente y le pide a una de sus asistentes que me lleve hasta el Ward 2 dónde funciona pediatría. “Bienvenido al KDH. Estoy seguro de que aprenderás mucho.” . Entonces apoya una de sus manos sobre mi hombro izquierdo y me asegura que el permiso puede esperar y que de momento, no debo preocuparme por ello. Me retiro agradecido por sus palabras.

Paso el resto de la mañana caminando entre 30 camas dónde se disponen 80 pacientes. En la primera de las tres habitaciones que componen el Ward 3 un grupo de unas 14 personas se conglomeran alrededor de una pequeña. Como todos los Jueves preside la visita la pediatra (única en toda la provincia de Nyanza). Se trata de una mujer enorme pero muy dulce. Es obvio que ama la docencia, se le escapa por los poros y cuando nuestros ojos se cruzan me invita a acercarme y me presenta con los estudiantes para Clinical Officer que se encuentran haciendo su internado luego de tres años de estudio. La pequeña tiene cuatro años y está evidentemente enferma. Su abdomen abultado deja en evidencia un hígado y un bazo tan grandes que se dibujan en su lustrosa y pálida piel. La doctora toma en sus manos un examen de laboratorio y espera por alguno de sus alumnos hasta que un valiente de la primera fila coge la hoja y en voz alta menciona los valores de un hemograma evidentemente alterado sin saber explicar el significado oculto tras esos números. Entonces ella sonríe y clava sus ojos en mí “¿Doctor?” y siento que mis mejillas se encienden mientras repaso los números meditando que esos valores, en África y en Chile significan lo mismo. “La paciente tiene una anemia normocítica normocrómica. Considerando su estado actual probablemente se trate de una anemia aguda sobre una anemia crónica. Pero para estar seguros habría que pedir un conteo de reticulocitos” y los segundos se hacen eternos antes de ver su reacción. “¡Muy bien doctor!” me dice regalándome otra de sus sonrisas. Suspiro agradecido de que las palabras en mi profesión sean en su mayoría derivadas del latín. La paciente ingresó muy débil, con sus ojos teñidos de un amarillo opaco y según comentó la madre, lleva sangrando por la orina un par de meses. El diagnóstico presuntivo es esquistosomiasis urogenital. Mientras nos alejamos de su cama pienso en las clases de parasitología olvidadas en algún rincón de mi memoria y en lo mucho que tendré que estudiar por la tarde.

Durante las próximas dos horas caminamos por la sala y el escenario es desalentador. Antes mis ojos un niño de 10 años se contorsiona en un horroso opistótonos por culpa del tétanos y a unos metros de ahí aún puedo escuchar cómo se queja por culpa de los fuertes calambres. Tan sólo a dos camas de distancia un pequeño con Síndrome de Steven-Johnson por culpa de la Nevirapina (antirretroviral utilizado en los pacientes con SIDA) me sonríe con su boca abierta como una flor carnívora y yo trato de devolverle la sonrisa pero mis ojos delatan mi preocupación "Tranquilo. Él está mucho mejor ahora" me comenta la pediatra que seguro adivinó mis pensamientos y mientras caminamos a la siguiente habitación yo no quiero ni imaginar cómo lucía antes. La última sala es de los niños más complicados, aquí una pequeña que aún no cumple el año se apaga lentamente. La doctora lo sabe, la mamá lo sabe, incluso yo mismo lo se y puedo ver a la muerte sentada en la cabecera de su cama. Camino y me entero de que otro pequeño de 7 años con una neumonía persistente no responde a ningún tratamiento porque tiene SIDA, los exámenes confirmando las sospechas llegaron esta mañana, nadie dice nada, es uno más que enrola la interminable lista de casos. Finalmente en una cama 2 niños con marasmus y un pequeño con kwashiorkor luchan desesperadamente por sus vidas.

Antes de irme la doctora me lleva a una última cama. En ella hay dos pequeños del mismo tamaño. Uno luce muy saludable y el otro muy enfermo, su piel está edematosa, seguro se trata de un desnutrido severo. “¿Qué le parecen estos hermanos?” me pregunta. Le doy mi impresión y agrega “¿Cuántos años cree usted que tienen estos niños?” y calculo que menos de un año. Entonces sin dejar de sonreir me explica “Efectivamente el más pequeño y saludable tiene 8 meses pero su hermano enfermo tiene más de 2 años y luce del mismo tamaño”. Yo quedo atónito, nunca se me ocurrió pensar en la posibilidad de que no tuviesen la misma edad. Entonces la pediatra me explica que eso pasa siempre acá. La madre da pecho hasta que se embaraza y debe alimentar al más pequeño mientras ve cómo el hermano mayor se va consumiendo lentamente sin alimento.

Salgo con el alma pesando varias toneladas más. Entonces veo la hermosa sonrisa de Francisca que me viene a buscar “¿Cómo estuvo tu primer día en KDH?” y doy las gracias que esté ahí para contagiarme algo de su alegría. Almorzamos en Green Garden y volvemos a Riat.

Paso el resto de la tarde estudiando. Tengo mucho que leer y será mejor que me ponga a al tanto cuanto antes.

Viernes 13 – 07 – 2012  

No me acostumbro todavía a despertar temprano. Sin bien lo hago a diario, mi despertador se activa a las 06:30 de la mañana pero es una tarea titánica salir del mosquitero. En cuánto el agua helada toca mi cuerpo me despierto y comienzo a funcionar. Afuera está claro pero debo encender una vela para moverme en la oscuridad del baño. Me visto y luego viene la rutina del bloqueador solar y el repelente. Abro el refrigerador y el bidón con agua del pozo subterráneo sigue intacto. Francisca tuvo disentería en dos oportunidades el año pasado habiendo clorado esa agua y me bastó beber un sorbo hace unos días atrás para no querer hacerlo otra vez.

Cojo el bolso que me dejó Andrea para llevar mis cosas y mientras camino al matatu me repito varias veces “Debo comprar agua” para pasar al mediodía al supermercado o de lo contrario un día de estos terminaré deshidratado. Entonces, el cielo se cierra y comienza a llover. Vuelvo corriendo a casa por mi chaqueta y estoy deseando que se trate del diluvio universal porque nada me haría más feliz que volver a tener agua de lluvia en nuestro pozo.

Me bajo en Agha-Khan y camino hacia el hospital, hace calor y mientras todo el mundo trata de refugiarse de la lluvia yo camino feliz por el medio de la calle empapándome mientras tarareo las canciones de mi iPod. Seguro deben pensar que este mzungu está loco de remate.

Llego al KDH y entro directo a pediatría. Son las 08:00 y no hay nadie. Mientras camino por las camas las madres y sus niños me siguen con las miradas. Me detengo en la cama de Daisy, la pequeña que llegó hace dos días y reviso su ficha. Está listo el examen y se confirma la sospecha de la pediatra: hay parásitos en la orina. La pequeña está recibiendo Praziquantel y mientras chequeo sus signos vitales compruebo que está mejor y al apartar la vista de su historial médico me doy cuenta de que lleva un par de minutos observándome. Nuestros ojos se encuentran y sus mejillas se ruborizan mientras me regala una tímida sonrisa. Le cojo la mano y ella la mira con detención y murmura despacio “Odiero” que significa blanco en luo, su dialecto. Yo me acerco y le respondo “Rateng” que significa negro y entonces abre sus grandes ojos y su boca forma una perfecta circunferencia para luego romper en carcajadas porque de seguro no esperaba que además de kiswahili, entendiera algo de luo. Me siento a su lado y comienza a rascar la palma de mi mano izquierda con insistencia y le pregunta algo a su mamá, quién intercambia una mirada llena de significado con la otra mujer con la cual comparten la cama y ambas ríen de buena gana “¿Qué es lo dice?” le pregunto, y ella me explica que la pequeña quiere saber cuánto tiempo más debe rascar mi mano para ver la piel negra oculta bajo la capa de pintura blanca y entonces ese rincón de la sala se llena con nuestras risas.

Las enfermeras comienzan a llegar a las 08:30 y pasa otra hora más antes de que aparezca el primer interno. Todos me ignoran y me siento en una banqueta algo aburrido hasta que uno de ellos se acerca para intercambiar impresiones sobre Daisy, pero al cabo de un minuto se aleja y nuevamente me siento solo. Me pregunto cuánto tiempo tendrá que pasar para sentirme parte de este hospital y para que ellos dejen de mirarme cómo si fuera un extraño objeto que alguien dejó ahí por error. Los viernes no hay Medical Officers, sólo están los practicantes para Clinical Officers y entonces entiendo por qué llegan todos tan tarde. Me doy por vencido, guardo mis cosas y salgo de ahí rumbo a Nakumatt para comprar agua. Afuera el sol aparece, miro hacia arriba y ya no hay rastro de las nubes que me regalaron la lluvia matinal ¡Que decepción!

Camino por la arteria principal de Kisumu y paso a ver a Jay que tiene su tienda en el centro de la ciudad. Se me quedó la cámara fotográfica en su auto cuando hicimos el viaje a Nairobi y paso por ella. Cómo es su costumbre Jay me ofrece té y yo, para variar mojado en sudor, le agradezco su gesto pero me niego a beber cualquier líquido caliente con este calor de los mil demonios. Me mira, coge su té hirviendo, bebe un sorbo y se ríe. Nos despedimos y acordamos vernos dentro del fin de semana.

Quedo con Francisca al mediodía en The Laughing Buddha y compartimos un humus con pan que está delicioso. Luego de almorzar nos reunimos con Silas para hablar de varios temas: las voluntarias nuevas, el cambio de casa en Octubre y el futuro de Street Youth. Luego de dos horas hemos concluido una provechosa mañana.

Ahora ya son las 18:00 y me vence el sueño. Dormiré porque por la noche quedé en reunirme con mis amigos en Skype. Será la primera vez que nos veamos desde aquel día en el aeropuerto. ¡Que emoción! No dejo de pensar en que mañana es Sábado y pienso dormir hasta caer solo del camarote.

Sábado 14 – 07 – 2012  

¿Qué sucede los fines de semana en una ciudad perdida al interior de Kenya? La respuesta podría sorprender a muchos porque Kisumu tiene mucho que ofrecer. Sin embargo Francisca y yo decidimos que hoy no saldremos.

Estábamos sentados en la sala de estar con el sudor cubriendo nuestras frentes y la idea de quedarse en casa comenzó a resultar insoportable. El calor caldeaba los cuerpos, el aburrimiento pesaba sobre nuestros hombros y los mosquitos comenzaban a revolotear fanfarronamente sobre nuestras narices. “Necesito hacer algo” me dijo Francisca con una expresión en su rostro que se acercaba más a la súplica que a la determinación. ¿Vamos a la ciudad?” me propuso y no pude negarme.

Tomamos un matatu rumbo a Kisumu mientras el sol se escondía en el horizonte y más allá de las verdes plantaciones de té el cielo crepuscular liberaba su propia batalla en medio de truenos y relámpagos. Al caer la noche Kisumu tiene un encanto particular: las calles son más amplias, el comercio menos caótico y las cigarras ofrecen su concierto de cámara, llenando con su canto todos los rincones. Nos bajamos y caminamos por la arteria principal de la ciudad, entramos en Nakumatt (el supermercado más grande acá) y compramos macadamias, tortillas de maíz y varios litros de agua. Salimos de ahí y negociamos con un vendedor ambulante que tenía muchas películas para ofrecer, optamos por la comedia y volvemos en un Tuk-Tuk a casa.

Esa noche fue de películas y de largas conversaciones. Es una fortuna tener a Francisca conmigo porque sin ella África sería diferente. Pienso que se va y que nuestra reciente amistad quedará como un poema inconcluso. Un sentimiento similar despierta en mí Andrea, a quién no pensé que llegaría a extrañar tanto considerando que tan sólo compartimos unos días. Pienso en todo esto y creo que cuando estás en África las experiencias se viven en el carril más rápido de la carretera y todo esos sentimientos contenidos en tu interior suben a la superficie, dónde se vuelven tangibles.

Domingo 15 – 07 – 2012 

Como es habitual los Domingos comienzan de madrugada y no con el trinar de los pájaros sino con el estrepitoso sonido del megáfono que anuncia el comienzo del culto. Me arrastro bajo las sábanas de la cama buscando desesperadamente mi iPod. Si he de escuchar algo no será el anuncio del fin de los tiempos en kiswahili. ¡Eso está claro!  

Me despierto pasado el mediodía y sonrío con arrogancia hacia el templo dónde siguen los desgarrados gritos de los feligreses que se arrepienten de sus pecados mientras yo me arrepiento de no haber dormido más horas.

Es la hora de almorzar. Francisca y yo hemos hecho una excelente dupla en la cocina (claro que si consideramos que nuestra alimentación se basa principalmente en ensaladas, el mérito es discutible). Sin embargo, he descubierto que no sólo puedo cocinar carne de soya, sino que me gusta mucho así que estoy seguro que con mi amiga Loreto (vegetariana fundamentalista) prepararemos sabrosas recetas para que ella pueda disfrutar sin culpas.

En la tarde cada uno se ocupa de sus asuntos. Francisca  escribiendo para su blog y yo estudiando y descansando la pluma por unos días. Cuando cae la tarde Jay y Agu nos invitan a ir a la ciudad por unas copas de vino y terminamos en Salazar, un restaurante fusión entre comida india y china. Sigo intentando acostumbrarme al picor de las cosas pero es muy difícil. Seguro que cuando vuelva a Chile mis papilas gustativas estarán completamente inservibles.

Cae la noche y ya en mi mosquitero caigo en cuenta de que es mi tercera semana en África. Queda tanto camino por recorrer y ya siento que ha transcurrido una eternidad.  Deber ser porque acá vives tantas experiencias nuevas que los minutos se convierten en horas y los días en semanas. Mientras pienso en eso voy dejando que los grillos me canten una canción de cuna, a cabo de unos minutos, ya estoy durmiendo.

6 comentarios:

  1. Queda mucho camino por recorrer,
    penas, alegrias, frustraciones, impaciencia, agradecimientos, llantos, risas, y uff...tantas cosas que ni te imaginas.
    Emociones que brotan dia a dia y qeu son mas intensas que en cualquier otro lado.
    y OJO, que no hay que naturalizar
    y OJO que hay que observar con una mirada critica
    y OJO que hay que luchar por las injusticias
    y OJO que tendras momentos buenos y momentos malos
    y OJO que, tienes aqui a una compañera de pega, pero antes que eso A UNA AMIGA.

    Un abrazo JOSE!
    Mi buena energia va para ti!!(y juampa en sudafrica)
    Sigue cumpliendo los sueños, que viven tb en mi!

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  2. Mientras descanso de la caotica tarea de embalar mi casa en 5 dias, leo tu blog y me pongo a llorar, tengo tantas cosas que esos ninos que tu estas ayudando podrian usar!!!! Jose, te repito una vez mas estoy tan orgullosa del inmenso corazon que tienes, de esa conciencia social que tienes(que es impresionante) sigue con fuerzas amigo!!! que todo esto te llenara el corazon y te dejara muy lindas lecciones, te quiero mucho amigo! y no olvides que estar tan lejos te demostrara lo fuerte que eres :)

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    1. Gracias... Espero que ya estés en tu nueva casa descansando. Cariños desde Nairobi.

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  3. Estimado Jose, tu no me conoces y lo mas probable es que nunca en nuestras vidas nos lleguemos a conocer, mi sueño de la vida, desde que tengo memoria, es irme a África a entregar todo lo que tengo, veo mi sueño, mis esperanzas y mis anhelos reflejados en cada palabra que escribes y que me transportan a mi soñado África.
    Estoy segura que de esta experiencia sacaras lo mejor de ti, lo que nunca pensaste que podías tener, todas tus fortalezas y así también tus debilidades, debes ser fuerte, nadie dijo que seria fácil pero te aseguro que valdrá la pena, me despido enviándote mis energías y el mayor de los éxitos en este desafío que comienzas, ten mucha confianza en tus capacidades ya que por algo estas donde estas, fuertes y sinceros abrazos a la distancia.

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    1. Los sueños hay que perseguirlos y cumplirlos porque la vida es una sola. Se que parece lejano pero si está en tus sueños ir a África entonces sólo tienes que perseguir ese sueño hasta lograr cogerlo entre tus manos y no dejarlo escapar. CARIÑOS!

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