PRIMERA SEMANA EN ÁFRICA
Lunes 25 – 06 – 12
¿Les confieso algo? Nunca pensé que
podría viajar por mi cuenta tantos miles de kilómetros. Siempre me ha rodeado
un halo de inseguridad porque suelo tener un nulo sentido de la
orientación. Si alguien me hubiese preguntado hace un par de años atrás
dónde me veía en el futuro probablemente África no habría venido a mi mente.
El viaje en Lan Chile a Buenos Aires
estuvo cargado de emoción. Mientras cruzaba la cordillera de Los Andes mis ojos
se humedecían pues sabía que no volvería a Chile dentro del próximo año.
El vuelo tranquilo y sin incidentes llegó a tiempo al aeropuerto de Ezeiza
dónde tuve la oportunidad de contar con Internet y poder enviar noticias a mi
familia en Chile.
El viaje en South African Airways a
Johannesburgo fue en un avión de unas dimensiones enormes con 75 filas de
8 asientos cada una, separadas por dos pasillos. Comenzamos a abordar el avión
y al darme cuenta de que era uno de los pocos blancos a bordo pensé “No es
un sueño, esto de verdad está sucediendo”. En ese preciso instante el
avión comenzó a tomar velocidad y despegó rumbo al Atlántico. Pese al retraso
de la aerolínea, el vuelo fue tranquilo y el servicio a bordo excelente
aunque era difícil entender el inglés de la tripulación. Luego de 12 horas de
viaje me encontraba aterrizando en tierras africanas.
Mi paso por Johannesburgo (Joburg)
fue breve. Mi próximo vuelo a Ciudad del Cabo salía dentro de 4 horas. En Chile
probablemente no hace falta tanto tiempo para realizar cualquier trámite dentro
de un aeropuerto pero en Joburg las cosas son diferentes: no importa cuántos
rascacielos coronen el cielo de las grandes ciudades de Sudáfrica, siempre
seguirá siendo África. ¿Cuál es el problema con esto? Que acá parece que todo
ocurre al ritmo de Hakuna Matata (“sin preocuparse” en swahili).
Es la manera de hacer las cosas y todo toma demasiado tiempo porque a nadie
parece importarle las manecillas del reloj. Esto no sería
problema, pero considerando que mi vuelo llegaba con una hora de retraso y que estuve
una hora en policía internacional (aún debía buscar las maletas y chequearme en
el siguiente vuelo), resultó que la lentitud de la joven africana que miraba mi
pasaporte como si estuviera por primera vez frente a la Mona Lisa en el Louvre
me exasperó. Afortunadamente mientras hacía todo esto pude llamar a mis padres
y eso esfumó rápidamente las malas vibras.
Al salir de Policía
Internacional, corrí rumbo a las maletas y eran tantas las cintas que tardé
cerca de 20 minutos en encontrar la mía, dónde una guardia africana me coqueteó
descaradamente y comenzó a hablarme en inglés pero estoy seguro que no habría
podido entenderle aún poniendo todos mis esfuerzos en ello: el inglés acá es
todo un tema (no es precisamente de lo más comprensible). Con mis maletas en la
mano fui hasta el counter de South African Airways y al pesar mis maletas
(38 kilos) los funcionarios de color comenzaron a intercambiar miradas y un par
de palabras en afrikaans (lengua derivada de la que hablaban
antiguamente los colonos holandeses que habitaban la zona y que con el paso del
tiempo fue adquiriendo características propias, asimilando vocablos del inglés, malayo, portugués y de las lenguas zulúes de los nativos de la zona así que se pueden imaginar lo
enredado que es). Luego de escribir algo sobre el ticket de viaje me dijeron “Tenemos
un problema con su equipaje, lleva 16 kilos de
sobrepeso” cómo estaba solo, no entendía un
carajo de lo que decían y el atraso del vuelo me dejó con poco tiempo corrí a
cambiar dólares por 500 Rands (la moneda local) y luego al salir para pagar el
sobrecargo, me detiene un funcionario del aereopuerto que terminó pidiendo más
dinero por su ayuda. Entonces cuándo la frustración comenzaba a apoderarse de
mi respiré varias veces y pensé “Disfruta la experiencia y olvídate de los
detalles”.
El viaje a Ciudad del Cabo fue tal
vez, el mejor de todos. Probablemente porque sabía que pondría mis pies sobre
la tierra y los mantendría en ella por varios días y que mi amigo Andrew estaría
esperando por mi en el aeropuerto. El vuelo fue excelente y mientras el avión
descendía para aterrizar pude ver a través de la ventana Table Mountain: una
enorme formación rocosa de cima aplanada que abraza la ciudad rodeándola en
toda su extensión y que, además, desde el 11 de noviembre del 2011, es considerada
una de las siete maravillas naturales del mundo. Eran las 14:00 hora local y
luego de pasar aproximadamente 25 horas en el aire había llegado a mi primera
parada en África.
Cuándo Andrew vio mi expresión de
decepción en el rostro al mediodía siguiente mientras afuera el aguacero
amenazaba con arruinar mis planes de recorrer la ciudad, sonrió y me dijo: “Hey!
Don’t be so disappointed about it. Here in Cape Town we like to have all
seasons in one day”. Algo así como “Ey! No te deprimas. En Ciudad del
Cabo nos gusta tener todas las estaciones del año en un solo día”.
Lamentablemente la meteorología no es su fuerte (ni mío tampoco) y el Martes no
hubo ni primavera ni verano así que finalmente tuvimos que cambiar los planes y
terminamos en Green Point refugiándonos de la lluvia, comiendo y bebiendo algo.
Green Point es un barrio de Ciudad
del Cabo, al noroeste del distrito central de negocios. Es una zona residencial
bien popular entre los jóvenes profesionales y la comunidad gay y lesbiana, es
decir, el equivalente a Lastarria. Somerset Road constituye la principal
arteria flanqueada por restaurantes, cafés, boutiques y discotecas. Con mi
amigo estuvimos en Baluga que es un lugar muy elegante que se especializa en
mariscos y pescados.
El día no mejoró así que Andrew tomó
su Blackberry y comenzó a hacer varias llamadas. Pasamos el resto del día de
departamento en departamento compartiendo con sus amigos. Todos coincidieron en
que mi inglés era muy bueno (según yo es bastante regular, pero comparándolo
con el balbuceo incomprensible de los africanos probablemente cualquier cosa es
mejor). Algunos de ellos eran médicos, y se mostraron realmente
conmovidos con mi historia pues al parecer en África se agotó la capacidad de
asombro y los médicos locales no se interesan mucho por esto. Al llegar la
noche no pude dormir mucho y comencé a escribir. Cuándo el sueño me venció eran las
23:30 así que dije “¡Excelente! Nada mal para un cambio de horario” pero
luego recordé que mi celular seguía con la hora de Chile así que básicamente
eran las 05:30 de la madrugada.
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| Casas en Green Point |
Miércoles 27 – 06 – 2012
La mañana estuvo gloriosa. El sol se
colaba por todos los rincones del departamento y aunque no había pegado ni un
ojo en toda la noche, me desperté con ganas de recorrer la ciudad. Cómo
sabía que sería un día largo comencé con un buen desayuno en uno de los mejores
coffe shop de Green Point. La comida era fenomenal y los platos de un tamaño
para no creer. Cuando la mesera (Fabulous era su nombre) me trajo las tostadas
con jarabe y el tocino crujiente me fue imposible no acordarme de mi querida
Maristel que me preparó mis primeras tostadas francesas allá en Chile.
La siguiente parada fue Kirstenbosch,
el Jardín Botánico es una de las grandes atracciones de la ciudad. El recorrido
comienza en el invernadero que se encuentra en la entrada principal y alberga
las plantas más representativas de la zona sur del continente, entre ellas un
baobab que despliega sus retorcidas ramas por entre el vidrio y el metal.
Desde el invernadero, el jardín se extiende por más de 500 hectáreas dónde se
han montado hermosas esculturas de artistas locales y finalmente, si subes por
sus senderos, consigues una vista única de la ciudad y de la montaña que la
rodea: Table Mountain.
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| Flor del pájaro, símbolo del Jardín Botánico. |
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| Medusas. |
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| Pez del Océano Índico. |
La última parada del Miércoles fue
Waterfront y Cape Town Harbor. Este lugar me recuerda a Puerto Madero y estoy
seguro que mi querida Eileen (que tuvo la suerte de visitar hace unos años la
ciudad) estará de acuerdo conmigo que la visita vale no por el centro comercial
sino por la bella mutación que sufre este punto de la ciudad que combina la
actividad portuaria con la comercial y en el corazón de esta zona se alza una
enorme estructura metálica en forma de rueda de la fortuna (Wheel of Excellence) dónde puedes ver a
muchas personas haciendo fila para subir ya que te ofrece una fenomenal vista
panorámica y por la noche permanece bellamente iluminada.
Jueves 28 – 06 – 2012
El Jueves era mi último día completo
en Ciudad del Cabo y sabía que tenía que aprovecharlo así que, contra todas las
probabilidades, me desperté muy temprano y al mirar por la ventana pude ver la
majestuosa Table Mountain completamente despejada así que subimos en el auto de
Andrew hasta el funicular que se supone que nos llevaría hasta la cima de la
montaña. Mientras esperábamos nuestro turno Andrew me mira muy serio y me dice “¿Sabes?
Después de todo el funicular no está tan mal. Para ser una estructura débil
sólo se ha caído tres veces y en ningunas de esas oportunidades ha fallecido
alguien ¿Qué milagro no?”. Probablemente yo debo haber puesto mi peor cara
porque de inmediato mi amigo explotó de la risa y me dijo “No puedes caer
tan fácil”. Una vez arriba el miedo desapareció y sólo hubo cabida para la
felicidad porque mis ojos no podían creer lo que veían. Desde la rocosa cima
era posible ver la ciudad en toda su extensión, el borde costero y al frente
Robben Island (dónde estuvo cautivo Nelson Mandela). Mientras disfrutaba de la
vista pude advertir también que entre las rocas habitan unos animales muy
peculiares de suave pelaje marrón y graciosas facciones llamados dassies
o ratas de las rocas y pude fotografiar a uno de estos escurridizos roedores.
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| Un dassie posando para la foto. |
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| Mereendal. |
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| Viñedos de Durbanville Hills. |
Viernes 29 – 06 – 2012
Ciudad del Cabo me despidió con un
día nublado y muy helado. Mi vuelo en South African Airways de vuelta a Joburg
salió con retraso. En el aeropuerto de la ciudad tuve que pagar nuevamente por
el exceso de equipaje y aproveché la oportunidad para preguntar en el counter
de la aerolínea que sucedería con el vuelo internacional. Desafortunadamente
acá en África el máximo permitido son 30 kilos así que tendré que volver a
pagar.
Estos días en Cape Town han sido
maravillosos pero el compartir espacio con alguien que no habla tu idioma, no
entiende tu cultura y tu sentido del humor es complicado. Se siente cómo estar pisando un campo minado: a veces logras
cruzar hasta el otro lado ileso y otras tus palabras o tus actos terminan
detonando una mina y haciéndote volar en mil pedazos. Andrew fue un excelente anfitrión y le estaré eternamente
agradecido pero por encima de todo, me enseñó una lección que sin duda tendré
que repasar en incontables futuras oportunidades durante los próximos 12 meses:
cuándo estás fuera de Chile la tolerancia se ejercita a otra escala.
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| Mi última foto desde Sudáfrica en el hotel Southern Sun en el aereopuerto disfrutando del room service antes de terminar de escribirles. |
El chirrido estridente del teléfono
resonó en la suite 362 del Southern Sun Hotel a las afueras de O. R. Tambo
International Airport en Johannesburgo. A tientas intenté torpemente tomar mi
celular: eran las 5:49 de la madrugada. Aún confundido por las pocas horas de
sueño tomé el auricular y pude escuchar una voz que me decía en un inglés
melódico pero difícil de entender “We are
calling you from the reception. You tell us to wake you up at 6:00”. Era la
llamada de la recepción del hotel que me avisaba que era hora de preparar mis
cosas para mi última parada: Kenya.
Todavía dormido salí de la cama rumbo
al baño. Tomé una ducha caliente por varios minutos y mientras el agua sacaba
de mi todo el sueño acumulado luego de cuatro viajes en avión en menos de una
semana pensaba “Esta será mi última ducha
con agua caliente en mucho tiempo”. En el primer piso del hotel me esperaba
un desayuno pero nada parecido a lo que había visto antes. En numerosas mesas
se desplegaban bellamente dulces, cereales y frutas de todas clases (algunas que no pude
reconocer) y en el centro cuatro jarras grandes de jugo natural: mango,
maracuyá, guayaba y piña. Creo que jamás podré cansarme de probar estos
manjares ¡Qué pena que en Chile estas frutas frescas sean tan escasas!. Comí
todo cuanto pude y volví a la habitación por mi equipaje, el cuál estuve
organizando trabajosamente con la intención de no tener que pagar otra vez por
el exceso de peso en las maletas.
En el aeropuerto de Joburg no tuve
problemas para encontrar el mesón de South African Airlines y si bien logré
bajar en algo el exceso de equipaje, al pesarlo nuevamente tuve que pagar por
los siete kilos de sobrepeso. Mientras me dirigía a policía internacional
pensaba en el gracioso contraste entre esta persona que luego de cruzar el
Atlántico había llegado al mismo aeropuerto hace una semana luciendo asustado,
confundido y sin saber para dónde ir y esta nueva persona que se movía con
naturalidad y resolución por el mismo lugar y que espantaba a los que se
acercaban para tomar ventaja de él. Probablemente cuando vuelva a Chile, no sea
el mismo que soy ahora.
El vuelo en South African Airlines
fue bueno. El avión era pequeño (cómo los que suelen utilizarse para los vuelos
nacionales de Lan Chile) por lo que al cruzar el Kilimanjaro se movió bastante
pero ante semejante espectáculo y luego de tantos viajes ya mi miedo a las
turbulencias había quedado atrás. El vuelo me resultó breve porque me fui
conversando con Wambui Babu, una keniana de 30 años que vive en Nairobi dónde
trabaja como abogado de una firma que se especializa en derecho tributario.
Durante las 4 horas de viaje Babu (cómo le gusta que la llamen) me contó acerca
de Kenya, de su gente y de su cultura. Hablamos de los cambios positivos que ha
tenido el país desde que asumiera el actual presidente y de cómo las elecciones
(programadas para marzo del 2013) eran el tema central en los hogares de la
mayoría de los kenianos. Su visión era positiva y me dejó muy tranquilo.
Cuando el capitán del vuelo anunció a
la tripulación que estábamos próximos a aterrizar miré por la pequeña ventana encima
del hombro de Babu y pude advertir la diferencia entre Johannesburgo y Nairobi.
Mientras en el primero predominan los tonos ocres debido a la excesiva
explotación del suelo y la industrialización de las áreas que rodean al
aeropuerto en el segundo la paleta del verde se despliega majestuosa por todos
lados dando una hermosa bienvenida al país.
Lo cierto es que cuando sales de la
cabina del avión se puede sentir la cálida humedad envolviendo tu cuerpo y
empapando tu ropa hasta cubrir todos los pliegues. Una vez en policia
internacional Babu gentilmente me ofreció su celular para que llamara a Chile y
le avisara a mis padres que había llegado bien ¿Increíble no? La verdad siento
que tal vez estas pequeñas grandes cosas me ocurren porque todo el cariño de
ustedes me acompaña y me protege estando lejos.
Al salir con mi equipaje me fue imposible
no reconocer a Andrea y Francisca, quienes, aunque bronceadas por las últimas
semanas en Etiopía, Egipto e Israel, resaltaban entre el resto de las personas,
todas de piel negra como el ébano. Ambas sostenían graciosamente un cartel (que
guardo como recuerdo de mi llegada) con mi nombre en él y una selección de lo
más “selecto” de nuestro vocabulario nacional. Afuera del aeropuerto nos
esperaba una camioneta que nos transportó desde ahí hasta el centro de Nairobi.
El camino es indescriptible pues, a tan sólo 5 minutos de recorrido, por la
ventana izquierda se veían jirafas pastando a unos 50 metros de la carretera:
había llegado a Kenya.
Nairobi es caótico. Situada en una de
las zonas más altas del país en relación al nivel del mar, su clima es menos
húmedo y caluroso que el de la Provincia de Nyanza, dónde se encuentra mi
destino final, Kisumu. (la altitud es la responsable de que no exista malaria
en esta zona). Cuándo miras con detención sus tortuosas y polvorientas calles
de la ciudad pareciera que ésta estuviese congelada en el siglo pasado: autos y
construcciones tienen una estética muy similar al Santiago de principios de los
años 70. Todo está cubierto por una espesa vegetación dónde los cientos de
árboles no han sido podados en mucho tiempo y la hierva crece en dirección al
cielo sin que a nadie le importe demasiado. Mientras nuestro transporte
zigzagueaba por las calles de la capital rumbo al hostal dónde nos hospedamos (Milimani
Backpackers), Andrea me decía “Mira esos
pájaros. Tienen un tamaño prehistórico”. A través de la ventana se podían
ver en el camino unas aves de proporciones descomunales y de una horrorosa
apariencia antropomorfa, apiñadas en la copa de unos árboles demasiado frágiles
en apariencia para alojar entre sus ramas a 7 de éstos extraños plumíferos con
nido y huevos incluido. Hoy descubrí que su nombre es marabú.
| Francisca. Periodista a cargo del Proyecto Street Youth. Es la extrovertida del grupo. No importa que tan malo sea todo, siempre termina sacándote una sonrisa. |
| Andrea. Médico a cargo del Programa de Nutrición. Es reservada pero cuando llegas a conocerla te das cuenta de que tiene un corazón de oro. |
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| Un zoom. |
Luego de que Andrea y Francisca
llegaron con nuestros pasajes de bus nos fuimos directo a Milimani Backpackers.
El hostal está bien ubicado en el centro de la ciudad y una vez que hice me
reservación dejé mi equipaje en la habitación (la que compartiría con otras
siete personas) y me fui a sentar a unas mesas dispuestas alrededor de un gran
fogón, dónde nos acomodamos y tomamos una Tusker (nunca había disfrutado tanto
en mi vida una cerveza helada). Durante la noche conocí a varios extranjeros de
paso en Kenya, todos de diferentes partes y por distintas razones. Fue sin duda
una excelente manera de partir mi primera semana en el país.
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| La entrada al hostal |
Domingo 01 – 07 – 2012
El reloj marcaba las 9:50 y sentía
que personas entraban y salían de la habitación. Me tomó varios minutos
recordar que estaba en Milimani Backpackers y que con Andrea y Francisca
habíamos pasado la noche en una habitación con ocho camas (supongo que cuándo
despiertas cada día en un lugar distinto este tipo de cosas suceden). Fui al
baño, ordené mi equipaje, tomé un te con tostadas y me preparé mentalmente para
el viaje desde Nairobi a Kisumu en bus.
La estación de buses de Easy Coach
(la línea de buses dónde compramos los pasajes) es un antiguo edificio de
concreto en cuyo interior hay una gran sala de espera dónde se disponen varios
asientos de autobus y un televisor que escupía estridentemente frases incomprensibles
en kiswahili con el volumen al máximo. Luego de pasar la espera con Andrea
comprando algunas cosas en un supermercado cerca, volvimos a la estación y el
bus ya comenzaba a cargar el equipaje.
El viaje fue honestamente agotador.
Encerrados en un lugar durante ocho horas con una treintena de africanos que
sentían frío por lo que cada vez que Andrea o Francisca abrían una ventana, era
cuestión de minutos para que algún otro pasajero la cerrara. Pese al calor
sofocante y a la aplastante humedad la vista de los valles con sus plantaciones
de maíz y té y las montañas de Kenya hacían que todo valiera la pena (prometo
tomar fotos cuándo vuelva a la capital este fin de semana para acompañar a
Andrea al aeropuerto). Llegamos a Kisumu de noche y mientras el bus se
estacionaba en el terminal, una decena de conductores de motocicletas
(Piki-Piki) se agolpaban afuera para ofrecer sus servicios de transporte de una
forma tan insistente que hacían que los molestos porta-equipaje del O. R. Tambo
International Airport en Joburg pareciesen unos niños inofensivos. Era de noche
y luego de tantas horas de viaje fuimos directamente a dejar nuestros equipajes
y a conocer la casa, por suerte los amigos de Andrea y Francisca habían venido
por nosotros y nos llevaron en auto hasta el lugar ubicado a las afueras de
Kisumu, en un sector llamado Riat.
Al llegar a la casa ya eran las 21:00
y la gente se comenzaba a reunir para ver el final de la Eurocopa entre Italia
y España. Era la excusa perfecta para salir a un lugar dónde hubiesen las tres
cosas que más necesitaba en ese momento: comida, cerveza helada y acceso a internet.
Fuimos en auto hasta Roof Top, un bar que como indica su nombre, está en la
azotea de un pequeño hotel. El lugar estaba repleto de extranjeros, entre ellos
una española y una peruana que estaban en Kenya por un estudio relacionado con
un magíster que cursan en la Universidad de Columbia. ¡Es genial cuándo estando
tan lejos de casa encuentras gente con la cual hablar en tu idioma! España
había ganado la Eurocopa y mi estómago y el de los demás comenzaba a rugir cómo
un león, así que fuimos a un lugar muy cerca de Roof Top llamado Family
Kitchen.
La verdad es que la fachada y el
lugar dónde se disponen las mesas de Familly Kitchen es muy similar a cualquier
restaurante chino del centro de Santiago pero cuándo le pregunté a Andrea por
el baño me miró y me dijo “Yo te
acompaño. Pero te advierto que es asqueroso” así que caminamos por un patio
interior y tuvimos que pasar por dentro de la cocina (créanme que la Seremi de
Salud de la región Metropolitana convulsionaría hasta quedar con muerte
cerebral si viera las condiciones de higiene del lugar) y luego hasta el baño,
Andrea estaba en lo cierto pero mi vejiga explotaría si no hacía algo al
respecto, así que junte valor para ignorar a los mosquitos y cucarachas (si
pudiese fotografiar cada baño en el que he estado desde que llegué ustedes no
se lo creerían, ni yo mismo aún me lo creo). Luego de volver del baño y tras
haber visto la cocina no habían muchas ganas de comer pero la orden ya había
sido tomada por nuestro mesero: hamburguesa de pollo. La verdad es que al abrir
el pan y ver el disgregado contenido en su interior no se podría asegurar que
se tratase de una hamburguesa y ciertamente mucho menos que fuera pollo. Me lo
comí con gusto y hasta el momento sigo sintiéndome de maravilla.
Es tarde ahora cuándo escribo estas
líneas y ha llegado la hora de meterme dentro del mosquitero y esperar a que mi
primera noche en Kisumu sea tan buena con las muchas que quedan por delante. Un abrazo sudoroso pero muy cariñoso de buenas noches para
todos ustedes.













Amé toda la lectura; no sólo por la maravillosa forma en la que escribes, sino porque me perimitiste trasnportarme a la distancia y acompañarte en esta maravillosa aventura... ya sabes, a pesar de lo lejos, estoy aquí contigo... un beso mi queridísimo, PILO
ResponderEliminarGracias! Espero que puedas seguir disfrutando. UN ABRAZO GIGANTE
EliminarOhhhh, Que maravilla disfrutar tan de cerca tu experiencia, es muy conmovedor y extraordinario la forma en que relatas tus vivencia.
ResponderEliminarSilvana
GRACIAS!!!
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