lunes, 2 de julio de 2012

PRIMERA SEMANA EN ÁFRICA

Lunes 25 – 06 – 12  

¿Les confieso algo? Nunca pensé que podría viajar por mi cuenta tantos miles de kilómetros. Siempre me ha rodeado un halo de inseguridad porque suelo tener un  nulo sentido de la orientación.  Si alguien me hubiese preguntado hace un par de años atrás dónde me veía en el futuro probablemente África no habría venido a mi mente.

El viaje en Lan Chile a Buenos Aires estuvo cargado de emoción. Mientras cruzaba la cordillera de Los Andes mis ojos se humedecían pues sabía que no volvería a Chile dentro del próximo año.  El vuelo tranquilo y sin incidentes llegó a tiempo al aeropuerto de Ezeiza dónde tuve la oportunidad de contar con Internet y poder enviar noticias a mi familia en Chile.

El viaje en South African Airways a Johannesburgo fue en un avión de unas dimensiones  enormes con 75 filas de 8 asientos cada una, separadas por dos pasillos. Comenzamos a abordar el avión y al darme cuenta de que era uno de los pocos blancos a bordo pensé “No es un sueño, esto de verdad está sucediendo”.  En ese preciso instante el avión comenzó a tomar velocidad y despegó rumbo al Atlántico. Pese al retraso de la aerolínea, el vuelo fue tranquilo y  el servicio a bordo excelente aunque era difícil entender el inglés de la tripulación. Luego de 12 horas de viaje me encontraba aterrizando en tierras africanas.

Mi paso por Johannesburgo (Joburg) fue breve. Mi próximo vuelo a Ciudad del Cabo salía dentro de 4 horas. En Chile probablemente no hace falta tanto tiempo para realizar cualquier trámite dentro de un aeropuerto pero en Joburg las cosas son diferentes: no importa cuántos rascacielos coronen el cielo de las grandes ciudades de Sudáfrica, siempre seguirá siendo África. ¿Cuál es el problema con esto? Que acá parece que todo ocurre al ritmo de Hakuna Matata  (“sin preocuparse” en swahili). Es la manera de hacer las cosas y todo toma demasiado tiempo porque a nadie parece importarle las manecillas del reloj. Esto no sería problema, pero considerando que mi vuelo llegaba con una hora de retraso y que estuve una hora en policía internacional (aún debía buscar las maletas y chequearme en el siguiente vuelo), resultó que la lentitud de la joven africana que miraba mi pasaporte como si estuviera por primera vez frente a la Mona Lisa en el Louvre me exasperó. Afortunadamente mientras hacía todo esto pude llamar a mis padres y eso esfumó rápidamente las malas vibras.

 Al salir de Policía Internacional, corrí rumbo a las maletas y eran tantas las cintas que tardé cerca de 20 minutos en encontrar la mía, dónde una guardia africana me coqueteó descaradamente y comenzó a hablarme en inglés pero estoy seguro que no habría podido entenderle aún poniendo todos mis esfuerzos en ello: el inglés acá es todo un tema (no es precisamente de lo más comprensible). Con mis maletas en la mano fui hasta el counter  de South African Airways y al pesar mis maletas (38 kilos) los funcionarios de color comenzaron a intercambiar miradas y un par de palabras en afrikaans (lengua derivada de la que hablaban antiguamente los colonos holandeses que habitaban la zona y que con el paso del tiempo fue adquiriendo características propias, asimilando vocablos del inglés, malayo, portugués y de las lenguas zulúes de los nativos de la zona así que se pueden imaginar lo enredado que es). Luego de escribir algo sobre el ticket de viaje me dijeron “Tenemos un problema con su equipaje, lleva 16 kilos de sobrepeso” cómo estaba solo, no entendía un carajo de lo que decían y el atraso del vuelo me dejó con poco tiempo corrí a cambiar dólares por 500 Rands (la moneda local) y luego al salir para pagar el sobrecargo, me detiene un funcionario del aereopuerto que terminó pidiendo más dinero por su ayuda. Entonces cuándo la frustración comenzaba a apoderarse de mi respiré varias veces y pensé Disfruta la experiencia y olvídate de los detalles”.

El viaje a Ciudad del Cabo fue tal vez, el mejor de todos. Probablemente porque sabía que pondría mis pies sobre la tierra y los mantendría en ella por varios días y que mi amigo Andrew estaría esperando por mi en el aeropuerto. El vuelo fue excelente y mientras el avión descendía para aterrizar pude ver a través de la ventana Table Mountain: una enorme formación rocosa de cima aplanada que abraza la ciudad rodeándola en toda su extensión y que, además, desde el 11 de noviembre del 2011, es considerada una de las siete maravillas naturales del mundo. Eran las 14:00 hora local y luego de pasar aproximadamente 25 horas en el aire había llegado a mi primera parada en África.

Cape Town desde el avión
Martes 26 – 06 – 2012 

Cuándo Andrew vio mi expresión de decepción en el rostro al mediodía siguiente mientras afuera el aguacero amenazaba con arruinar mis planes de recorrer la ciudad, sonrió y me dijo: “Hey! Don’t be so disappointed about it. Here in Cape Town we like to have all seasons in one day”. Algo así como “Ey! No te deprimas. En Ciudad del Cabo nos gusta tener todas las estaciones del año en un solo día”. Lamentablemente la meteorología no es su fuerte (ni mío tampoco) y el Martes no hubo ni primavera ni verano así que finalmente tuvimos que cambiar los planes y terminamos en Green Point refugiándonos de la lluvia, comiendo y bebiendo algo.

Green Point es un barrio de Ciudad del Cabo, al noroeste del distrito central de negocios. Es una zona residencial bien popular entre los jóvenes profesionales y la comunidad gay y lesbiana, es decir, el equivalente a Lastarria. Somerset Road constituye la principal arteria flanqueada por restaurantes, cafés, boutiques y discotecas. Con mi amigo estuvimos en Baluga que es un lugar muy elegante que se especializa en mariscos y pescados.


Casas en Green Point
El día no mejoró así que Andrew tomó su Blackberry y comenzó a hacer varias llamadas. Pasamos el resto del día de departamento en departamento compartiendo con sus amigos. Todos coincidieron en que mi inglés era muy bueno (según yo es bastante regular, pero comparándolo con el balbuceo incomprensible de los africanos probablemente cualquier cosa es mejor).  Algunos de ellos eran médicos, y se mostraron realmente conmovidos con mi historia pues al parecer en África se agotó la capacidad de asombro y los médicos locales no se interesan mucho por esto. Al llegar la noche no pude dormir mucho y comencé a escribir. Cuándo el sueño me venció eran las 23:30 así que dije “¡Excelente! Nada mal para un cambio de horario” pero luego recordé que mi celular seguía con la hora de Chile así que básicamente eran las 05:30 de la madrugada.

Miércoles 27 – 06 – 2012 

La mañana estuvo gloriosa. El sol se colaba por todos los rincones del departamento y aunque no había pegado ni un ojo en toda la noche, me desperté con ganas de recorrer la ciudad.  Cómo sabía que sería un día largo comencé con un buen desayuno en uno de los mejores coffe shop de Green Point. La comida era fenomenal y los platos de un tamaño para no creer. Cuando la mesera (Fabulous era su nombre) me trajo las tostadas con jarabe y el tocino crujiente me fue imposible no acordarme de mi querida Maristel que me preparó mis primeras tostadas francesas allá en Chile.

La siguiente parada fue Kirstenbosch, el Jardín Botánico es una de las grandes atracciones de la ciudad. El recorrido comienza en el invernadero que se encuentra en la entrada principal y alberga las plantas más representativas de la zona sur del continente, entre ellas un baobab que despliega sus retorcidas ramas por entre el vidrio y el metal.  Desde el invernadero, el jardín se extiende por más de 500 hectáreas dónde se han montado hermosas esculturas de artistas locales y finalmente, si subes por sus senderos, consigues una vista única de la ciudad y de la montaña que la rodea: Table Mountain.
Flor del pájaro, símbolo del Jardín Botánico.
La tercera parada fue Two Oceans Aquarium. Creo que nunca podré transmitir con palabras lo que significa entrar en este lugar. Ustedes se preguntarán “¿Por qué?” Yo sólo les diré que deben mirar algunas de las fotografías de mi cámara para quedarse sin aliento. La belleza del mundo marino se despliega magistralmente a través de ocho diferentes escenarios que recogen los distintos ecosistemas acuáticos y permiten tener contacto con miles de especies en un recorrido que no deja nada al azar. “¿Les parece poco? ¿Qué opinan si les digo que además pueden sumergirse en el estanque de los depredadores y nadar junto a tiburones y mantarrayas?”. Sin duda jamás podré borrar de mi memoria ese lugar.

Medusas.
Caballito de mar.

Pez del Océano Índico.
La última parada del Miércoles fue Waterfront y Cape Town Harbor. Este lugar me recuerda a Puerto Madero y estoy seguro que mi querida Eileen (que tuvo la suerte de visitar hace unos años la ciudad) estará de acuerdo conmigo que la visita vale no por el centro comercial sino por la bella mutación que sufre este punto de la ciudad que combina la actividad portuaria con la comercial y en el corazón de esta zona se alza una enorme estructura metálica en forma de rueda de la fortuna (Wheel of Excellence) dónde puedes ver a muchas personas haciendo fila para subir ya que te ofrece una fenomenal vista panorámica y por la noche permanece bellamente iluminada.

Jueves 28 – 06 – 2012 

El Jueves era mi último día completo en Ciudad del Cabo y sabía que tenía que aprovecharlo así que, contra todas las probabilidades, me desperté muy temprano y al mirar por la ventana pude ver la majestuosa Table Mountain completamente despejada así que subimos en el auto de Andrew hasta el funicular que se supone que nos llevaría hasta la cima de la montaña. Mientras esperábamos nuestro turno Andrew me mira muy serio y me dice “¿Sabes? Después de todo el funicular no está tan mal. Para ser una estructura débil sólo se ha caído tres veces y en ningunas de esas oportunidades ha fallecido alguien ¿Qué milagro no?”. Probablemente yo debo haber puesto mi peor cara porque de inmediato mi amigo explotó de la risa y me dijo No puedes caer tan fácil”. Una vez arriba el miedo desapareció y sólo hubo cabida para la felicidad porque mis ojos no podían creer lo que veían. Desde la rocosa cima era posible ver la ciudad en toda su extensión, el borde costero y al frente Robben Island (dónde estuvo cautivo Nelson Mandela). Mientras disfrutaba de la vista pude advertir también que entre las rocas habitan unos animales muy peculiares de suave pelaje marrón y graciosas facciones  llamados dassies o ratas de las rocas y pude fotografiar a uno de estos escurridizos roedores.

Un dassie posando para la foto.
Luego, al llegar el mediodía Andrew me preguntó “¿Sabes que Sudáfrica es uno de los más célebres productores de vino?”. Nos subimos al auto y pasamos a buscar a uno de sus amigos y fuimos por la carretera rumbo a los viñedos. El camino es hermoso y está lleno de viñas locales y cada una de ellas dispuesta a recibir a quién quiera ir a conocer un poco más acerca de esta deliciosa faceta de la ciudad. Por supuesto que no visitamos todas (aunque me hubiese encantado) tuve suerte de conocer dos de ellas: Meerendal y Durbanville Hills. Mientras la primera es la típica viña campestre con una bella casa patronal con sus paredes blancas como la cal y tejas coloniales que rescata lo mejor del siglo antepasado la segunda moderna, altiva y osada se asienta sobre la cima del valle otorgando una hermosa vista de los viñedos. Sin embargo no creo poder elegir entre alguna de las dos. Honestamente hasta este día yo no sabía acerca de la tradición vinícola del país africano y debo decirles con toda franqueza que los vinos que probé acá son lejos los mejores que he probado en toda mi vida.

Mereendal.

Viñedos de Durbanville Hills.
Finalmente a llegar la noche fuimos al cumpleaños de una amiga de Andrew en un lugar llamado “Salushi” dónde probé un excelente sushi acompañado por supuesto por uno de los mejores vinos de Ciudad del Cabo. El lugar era impresionante y los invitados no se quedaban atrás pues había gente de muchas nacionalidades. Tuve la oportunidad de intercambiar un par de palabras en español con un argentino y una brasileña lo cual, luego de tres días, era un verdadero descanso para el lóbulo temporal de mi cerebro.

Viernes 29 – 06 – 2012 

Ciudad del Cabo me despidió con un día nublado y muy helado. Mi vuelo en South African Airways de vuelta a Joburg salió con retraso. En el aeropuerto de la ciudad tuve que pagar nuevamente por el exceso de equipaje y aproveché la oportunidad para preguntar en el counter de la aerolínea que sucedería con el vuelo internacional. Desafortunadamente acá en África el máximo permitido son 30 kilos así que tendré que volver a pagar.

Estos días en Cape Town han sido maravillosos pero el compartir espacio con alguien que no habla tu idioma, no entiende tu cultura y tu sentido del humor es complicado. Se siente cómo estar pisando un campo minado: a veces logras cruzar hasta el otro lado ileso y otras tus palabras o tus actos terminan detonando una mina y haciéndote volar en mil pedazos. Andrew fue un excelente anfitrión y le estaré eternamente agradecido pero por encima de todo, me enseñó una lección que sin duda tendré que repasar en incontables futuras oportunidades durante los próximos 12 meses: cuándo estás fuera de Chile la tolerancia se ejercita a otra escala.

Mi última foto desde Sudáfrica en el hotel Southern Sun en el aereopuerto disfrutando del room service antes de terminar de escribirles. 
Sábado 30 – 06 – 2012

El chirrido estridente del teléfono resonó en la suite 362 del Southern Sun Hotel a las afueras de O. R. Tambo International Airport en Johannesburgo. A tientas intenté torpemente tomar mi celular: eran las 5:49 de la madrugada. Aún confundido por las pocas horas de sueño tomé el auricular y pude escuchar una voz que me decía en un inglés melódico pero difícil de entender “We are calling you from the reception. You tell us to wake you up at 6:00”. Era la llamada de la recepción del hotel que me avisaba que era hora de preparar mis cosas para mi última parada: Kenya.

Todavía dormido salí de la cama rumbo al baño. Tomé una ducha caliente por varios minutos y mientras el agua sacaba de mi todo el sueño acumulado luego de cuatro viajes en avión en menos de una semana pensaba “Esta será mi última ducha con agua caliente en mucho tiempo”. En el primer piso del hotel me esperaba un desayuno pero nada parecido a lo que había visto antes. En numerosas mesas se desplegaban bellamente dulces,  cereales y frutas de todas clases (algunas que no pude reconocer) y en el centro cuatro jarras grandes de jugo natural: mango, maracuyá, guayaba y piña. Creo que jamás podré cansarme de probar estos manjares ¡Qué pena que en Chile estas frutas frescas sean tan escasas!. Comí todo cuanto pude y volví a la habitación por mi equipaje, el cuál estuve organizando trabajosamente con la intención de no tener que pagar otra vez por el exceso de peso en las maletas.

En el aeropuerto de Joburg no tuve problemas para encontrar el mesón de South African Airlines y si bien logré bajar en algo el exceso de equipaje, al pesarlo nuevamente tuve que pagar por los siete kilos de sobrepeso. Mientras me dirigía a policía internacional pensaba en el gracioso contraste entre esta persona que luego de cruzar el Atlántico había llegado al mismo aeropuerto hace una semana luciendo asustado, confundido y sin saber para dónde ir y esta nueva persona que se movía con naturalidad y resolución por el mismo lugar y que espantaba a los que se acercaban para tomar ventaja de él. Probablemente cuando vuelva a Chile, no sea el mismo que soy ahora.

El vuelo en South African Airlines fue bueno. El avión era pequeño (cómo los que suelen utilizarse para los vuelos nacionales de Lan Chile) por lo que al cruzar el Kilimanjaro se movió bastante pero ante semejante espectáculo y luego de tantos viajes ya mi miedo a las turbulencias había quedado atrás. El vuelo me resultó breve porque me fui conversando con Wambui Babu, una keniana de 30 años que vive en Nairobi dónde trabaja como abogado de una firma que se especializa en derecho tributario. Durante las 4 horas de viaje Babu (cómo le gusta que la llamen) me contó acerca de Kenya, de su gente y de su cultura. Hablamos de los cambios positivos que ha tenido el país desde que asumiera el actual presidente y de cómo las elecciones (programadas para marzo del 2013) eran el tema central en los hogares de la mayoría de los kenianos. Su visión era positiva y me dejó muy tranquilo.

Cuando el capitán del vuelo anunció a la tripulación que estábamos próximos a aterrizar miré por la pequeña ventana encima del hombro de Babu y pude advertir la diferencia entre Johannesburgo y Nairobi. Mientras en el primero predominan los tonos ocres debido a la excesiva explotación del suelo y la industrialización de las áreas que rodean al aeropuerto en el segundo la paleta del verde se despliega majestuosa por todos lados dando una hermosa bienvenida al país.

Lo cierto es que cuando sales de la cabina del avión se puede sentir la cálida humedad envolviendo tu cuerpo y empapando tu ropa hasta cubrir todos los pliegues. Una vez en policia internacional Babu gentilmente me ofreció su celular para que llamara a Chile y le avisara a mis padres que había llegado bien ¿Increíble no? La verdad siento que tal vez estas pequeñas grandes cosas me ocurren porque todo el cariño de ustedes me acompaña y me protege estando lejos.

Al salir con mi equipaje me fue imposible no reconocer a Andrea y Francisca, quienes, aunque bronceadas por las últimas semanas en Etiopía, Egipto e Israel, resaltaban entre el resto de las personas, todas de piel negra como el ébano. Ambas sostenían graciosamente un cartel (que guardo como recuerdo de mi llegada) con mi nombre en él y una selección de lo más “selecto” de nuestro vocabulario nacional. Afuera del aeropuerto nos esperaba una camioneta que nos transportó desde ahí hasta el centro de Nairobi. El camino es indescriptible pues, a tan sólo 5 minutos de recorrido, por la ventana izquierda se veían jirafas pastando a unos 50 metros de la carretera: había llegado a Kenya. 


Francisca. Periodista a cargo del Proyecto Street Youth. Es la extrovertida del grupo. No importa que tan malo sea todo, siempre termina sacándote una sonrisa.

Andrea. Médico a cargo del Programa de Nutrición. Es reservada pero cuando llegas a conocerla te das cuenta de que tiene un corazón de oro. 
Nairobi es caótico. Situada en una de las zonas más altas del país en relación al nivel del mar, su clima es menos húmedo y caluroso que el de la Provincia de Nyanza, dónde se encuentra mi destino final, Kisumu. (la altitud es la responsable de que no exista malaria en esta zona). Cuándo miras con detención sus tortuosas y polvorientas calles de la ciudad pareciera que ésta estuviese congelada en el siglo pasado: autos y construcciones tienen una estética muy similar al Santiago de principios de los años 70. Todo está cubierto por una espesa vegetación dónde los cientos de árboles no han sido podados en mucho tiempo y la hierva crece en dirección al cielo sin que a nadie le importe demasiado. Mientras nuestro transporte zigzagueaba por las calles de la capital rumbo al hostal dónde nos hospedamos (Milimani Backpackers), Andrea me decía “Mira esos pájaros. Tienen un tamaño prehistórico”. A través de la ventana se podían ver en el camino unas aves de proporciones descomunales y de una horrorosa apariencia antropomorfa, apiñadas en la copa de unos árboles demasiado frágiles en apariencia para alojar entre sus ramas a 7 de éstos extraños plumíferos con nido y huevos incluido. Hoy descubrí que su nombre es marabú. 

Uno de los marabú en la copa de un árbol.
Marabú en el parque.
Un zoom. 
Nuestra primera parada fue el terminal dónde Francisca tardó tanto en comprar tres pasajes a Kisumu que Andrea se bajó a chequear por qué se demoraba tanto. Mientras yo me quedé en el automóvil con el chofer, Alex, un keniano muy simpático que me explicó en ese inglés melódico y un tanto incomprensible tan característico de la gente que he conocido hasta ahora “Why take two hours in one task when you can do it in four hours? That’s how we do things here in Africa”, algo así cómo “¿Para qué demorarse poco en hacer algo cuándo puedes tomarte más tiempo para hacer lo mismo? Así hacemos las cosas en África”. Estaba completamente de acuerdo con él y ya comenzaba a acostumbrarme a ello.

Luego de que Andrea y Francisca llegaron con nuestros pasajes de bus nos fuimos directo a Milimani Backpackers. El hostal está bien ubicado en el centro de la ciudad y una vez que hice me reservación dejé mi equipaje en la habitación (la que compartiría con otras siete personas) y me fui a sentar a unas mesas dispuestas alrededor de un gran fogón, dónde nos acomodamos y tomamos una Tusker (nunca había disfrutado tanto en mi vida una cerveza helada). Durante la noche conocí a varios extranjeros de paso en Kenya, todos de diferentes partes y por distintas razones. Fue sin duda una excelente manera de partir mi primera semana en el país.

La entrada al hostal
La semana entrante tendremos que volver a la capital a dejar a Andrea que vuelve a Chile y en cerca de un mes yo tendré que hacer lo mismo con Francisca y volver a tomar el mismo bus y viajar ese mismo camino sólo que esta vez sin la seguridad de tener a estas dos tremendas mujeres que se mueven por la ciudad cómo si hubiesen vivido toda la vida aquí. Sólo pensar en eso me pone muy ansioso.

Domingo 01 – 07 – 2012

El reloj marcaba las 9:50 y sentía que personas entraban y salían de la habitación. Me tomó varios minutos recordar que estaba en Milimani Backpackers y que con Andrea y Francisca habíamos pasado la noche en una habitación con ocho camas (supongo que cuándo despiertas cada día en un lugar distinto este tipo de cosas suceden). Fui al baño, ordené mi equipaje, tomé un te con tostadas y me preparé mentalmente para el viaje desde Nairobi a Kisumu en bus.

La estación de buses de Easy Coach (la línea de buses dónde compramos los pasajes) es un antiguo edificio de concreto en cuyo interior hay una gran sala de espera dónde se disponen varios asientos de autobus y un televisor que escupía estridentemente frases incomprensibles en kiswahili con el volumen al máximo. Luego de pasar la espera con Andrea comprando algunas cosas en un supermercado cerca, volvimos a la estación y el bus ya comenzaba a cargar el equipaje.

No es muy cómodo pero al menos llega a su destino final.

El viaje fue honestamente agotador. Encerrados en un lugar durante ocho horas con una treintena de africanos que sentían frío por lo que cada vez que Andrea o Francisca abrían una ventana, era cuestión de minutos para que algún otro pasajero la cerrara. Pese al calor sofocante y a la aplastante humedad la vista de los valles con sus plantaciones de maíz y té y las montañas de Kenya hacían que todo valiera la pena (prometo tomar fotos cuándo vuelva a la capital este fin de semana para acompañar a Andrea al aeropuerto). Llegamos a Kisumu de noche y mientras el bus se estacionaba en el terminal, una decena de conductores de motocicletas (Piki-Piki) se agolpaban afuera para ofrecer sus servicios de transporte de una forma tan insistente que hacían que los molestos porta-equipaje del O. R. Tambo International Airport en Joburg pareciesen unos niños inofensivos. Era de noche y luego de tantas horas de viaje fuimos directamente a dejar nuestros equipajes y a conocer la casa, por suerte los amigos de Andrea y Francisca habían venido por nosotros y nos llevaron en auto hasta el lugar ubicado a las afueras de Kisumu, en un sector llamado Riat.

Al llegar a la casa ya eran las 21:00 y la gente se comenzaba a reunir para ver el final de la Eurocopa entre Italia y España. Era la excusa perfecta para salir a un lugar dónde hubiesen las tres cosas que más necesitaba en ese momento: comida, cerveza helada y acceso a internet. Fuimos en auto hasta Roof Top, un bar que como indica su nombre, está en la azotea de un pequeño hotel. El lugar estaba repleto de extranjeros, entre ellos una española y una peruana que estaban en Kenya por un estudio relacionado con un magíster que cursan en la Universidad de Columbia. ¡Es genial cuándo estando tan lejos de casa encuentras gente con la cual hablar en tu idioma! España había ganado la Eurocopa y mi estómago y el de los demás comenzaba a rugir cómo un león, así que fuimos a un lugar muy cerca de Roof Top llamado Family Kitchen.

La verdad es que la fachada y el lugar dónde se disponen las mesas de Familly Kitchen es muy similar a cualquier restaurante chino del centro de Santiago pero cuándo le pregunté a Andrea por el baño me miró y me dijo “Yo te acompaño. Pero te advierto que es asqueroso” así que caminamos por un patio interior y tuvimos que pasar por dentro de la cocina (créanme que la Seremi de Salud de la región Metropolitana convulsionaría hasta quedar con muerte cerebral si viera las condiciones de higiene del lugar) y luego hasta el baño, Andrea estaba en lo cierto pero mi vejiga explotaría si no hacía algo al respecto, así que junte valor para ignorar a los mosquitos y cucarachas (si pudiese fotografiar cada baño en el que he estado desde que llegué ustedes no se lo creerían, ni yo mismo aún me lo creo). Luego de volver del baño y tras haber visto la cocina no habían muchas ganas de comer pero la orden ya había sido tomada por nuestro mesero: hamburguesa de pollo. La verdad es que al abrir el pan y ver el disgregado contenido en su interior no se podría asegurar que se tratase de una hamburguesa y ciertamente mucho menos que fuera pollo. Me lo comí con gusto y hasta el momento sigo sintiéndome de maravilla.

Es tarde ahora cuándo escribo estas líneas y ha llegado la hora de meterme dentro del mosquitero y esperar a que mi primera noche en Kisumu sea tan buena con las muchas que quedan por delante. Un abrazo sudoroso pero muy cariñoso de buenas noches para todos ustedes. 

4 comentarios:

  1. Amé toda la lectura; no sólo por la maravillosa forma en la que escribes, sino porque me perimitiste trasnportarme a la distancia y acompañarte en esta maravillosa aventura... ya sabes, a pesar de lo lejos, estoy aquí contigo... un beso mi queridísimo, PILO

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  2. Ohhhh, Que maravilla disfrutar tan de cerca tu experiencia, es muy conmovedor y extraordinario la forma en que relatas tus vivencia.

    Silvana

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