lunes, 9 de julio de 2012

SEGUNDA SEMANA EN ÁFRICA

Lunes 02 – 07 – 2012 

El reloj marcaba las 9:30 y yo nuevamente no reconocía el lugar dónde me encontraba, hasta que a través del mosquitero pude ver a Andrea que me miró y con esa gran sonrisa tan característica de ella me preguntó “¿Cómo dormiste?”. Contra todo pronóstico la respuesta fue un entusiasta y chileno “¡La raja!” porque había pasado toda la noche durmiendo sin problemas.

La casa de nosotros es una vivienda sólida que, aunque no tiene saneamiento básico completo, es mucho más de lo que la mayoría de quienes viven en el sector podría aspirar a tener. Cercada en todo su perímetro por una gran valla metálica, cuenta con un gran patio que la rodea y en dónde existen plantaciones de maíz en medio de una espesa vegetación. Si caminas hasta el fondo puedes ver dos cubículos dispuestos uno junto al otro: son la letrina y la ducha y si caminas 10 metros encuentras un gran pozo dónde se acumula el agua de lluvia. Todas las puertas y ventanas se encuentran enrejadas. En el interior existen tres habitaciones, una cocina, una sala de estar y dos baños (aunque no creo que alguno de ustedes ocuparía esa palabra para denominar estos pequeños espacios).


Mi casa en Riat


Me levanté y Francisca se encontraba lavando ropa en el patio de nuestra casa. Fui directo al baño y a la luz del día pensé ¿Dónde me he venido a meter?”. El baño de la casa es un cuarto separado por un tabique, las paredes son de concreto y tiene dos pequeñas ventanas por dónde no entra mucha luz por lo que, no importando si es de día o de noche, está siempre en penumbra. Considerando la gran cantidad de mosquitos, arañas y hormigas, tal vez es mejor que se mantengan fuera de mi vista en medio de la oscuridad. Uno de los compartimentos es un pozo séptico cerrado que se abre hacia afuera cómo un baño occidental (con mucha imaginación y optimismo) pero éste, no tiene agua en su estanque para tirar la cadena. El otro compartimento, más estrecho, es ocupado para lavarnos. Todas las mañanas recolectamos agua del pozo que queda dentro del jardín en varias cubetas qué debemos poner bajo el chorro de agua con un colador para dejar fuera a los gusanos que proliferan dentro del estanque. Luego, llenamos un gran recipiente de plástico, mientras que otro recipiente mucho más pequeño es dispuesto al centro de este mismo compartimento para qué nos metamos dentro y mientras nos lavamos con baldes de agua fría, el agua que se acumula con cada baño en nuestros pies sea reutilizada para poder tirar la cadena. Mientras ocupaba por primera vez el baño pensaba “Te acostumbrarás a esto en algún punto. No te preocupes”.



Luego del baño Andrea y Francisca me esperaban con una taza de té. Afuera ya comenzaba a hacer mucho calor y no había pasado más de 30 minutos de mi primer baño en Kisumu, cuándo una capa de sudor fino ya cubría todo mi cuerpo. Era aún temprano y nos apresuramos para salir de casa. La idea era ir temprano a la ciudad para aprender  a utilizar el transporte y a moverme con facilidad para todos lados por mi cuenta.


Cuándo sales de las inmediaciones de la casa y tomas contacto con Riat la historia es otra. El fuerte ruido del portón metálico cerrándose a tus espaldas pareciera presagiar el duro choque con la realidad local. No existe sistema de alcantarillado, por lo que todas las viviendas (incluida la nuestra) se encuentran rodeadas por surcos de 50 a 60 centímetros de profundidad dónde se acumula agua estancada (el principal motivo por el cual la malaria no ha sido erradicada en esta zona), fecas, orines y basura (existe la costumbre de botar todo a la calle). En épocas de lluvia, el agua desborda estos recolectores y las letrinas (la mayoría construidas de manera incorrecta) rebalsan su contenido alcanzando las inmediaciones de las casas y ocasionando un aumento considerable de cólera y fiebre tifoidea.

Caminar por Riat durante la mañana con el sol caldeando el sudor de la piel es una experiencia única por cierto, aunque no estoy seguro si la calificaría como placentera. Para tomar uno de los medios de transporte de acá rumbo a Rota hay que abrirse camino por un terreno baldío, repleto de charcos de agua estancada dónde revolotean insectos alados de todas clases y mientras sorteas los diferentes obstáculos el olor dulzón de la podredumbre penetra por tus fosas nasales hasta quedar impreso en tu corteza cerebral. Si logras llegar al final entonces cruzas la línea del tren y alcanzas la carretera.

Cuándo uno habla de medios de transporte se imagina automáticamente micros, buses y taxis ¿Cierto? Bueno pues les pido que mantengan sus opciones en un rango de posibilidades más amplio si es que quieren trasladarse por las polvorientas calles de Kenya porque acá la manera de trasladarse es algo realmente peculiar. Podemos decir que existen cuatro tipos de transporte, que de lo más barato a lo más caro son:

·        Matatu: Es el más masivo y el equivalente a la micro o el bus en Chile. Son combies de ésas que tanto le gustan a mi amiga Loreto. Autos más bien pequeños, con tres filas de asientos dónde originalmente caben 12 personas pero pueden llegar a caber más de 20 si el conductor se lo propone ¿Cómo? Muy simple, sólo ponen unas tablas de madera para que el espacio entre los asientos se convierta en otro lugar dónde sentar más pasajeros. ¿Qué pasa con la policía local? El conductor los soborna con algo de dinero y sigue su ruta. Es el que más he ocupado hasta el momento.

·        Bora-Bora: Son unas bicicletas que por una pequeña suma de dinero te transportan de manera poco segura a tu destino final (si es que no te atropellan en el camino). Dudo que lo ocupe.

·       Tuk-Tuk: Es el segundo medio más utilizado y el equivalente a los taxis en Chile. Son unos vehículos de tres ruedas con un asiento trasero techado dónde caben hasta 4 personas. Nuevamente pueden ser hasta 6 si el conductor quiere. Tienen sólo un espejo en el lado del conductor y son algo inestables. Lo he ocupado un par de veces.

·          Piki-Piki: Son motocicletas pequeñas. He visto algunas con hasta 2 pasajeros adultos o 3 cuándo son niños los que se transportan. Si bien es una manera rápida de llegar a tu destino final, los conductores son algo insistentes y se agrupan en pequeños guetos lo que hace muy difícil negociar con ellos porque todos comienzan a hablar al unísono y al final no entiendes nada. Algún día lo ocuparé.

Fuimos en un matatu rumbo a Kisumu. En el camino a la ciudad se puede divisar un sector mucho más pobre que Riat, a la izquierda de la carretera, rodeado por éstos recolectores llenos de agua, estiércol y orines, dónde se ve cómo algunas personas sacan agua o incluso bañan a sus hijos ahí (averiguaré el nombre del lugar). Al cabo de 10 minutos en matatu ya estábamos en la ciudad.

Kisumu de día es caótica y activa. El sol derrite las polvorientas aceras plagadas de tiendas de todo tipo mientras que sobre las veredas prolifera toda clase de comercio ambulante. Acá la economía es manejada por los indios que llegaron desde Asia para quedarse, cuando aún el país era colonia inglesa, por lo que no es infrecuente verlos caminar por la ciudad. Nuestra primera parada fue el banco y pude comprobar con gran alivio que mi tarjeta funcionaba sin problemas. Luego fuimos a un lugar llamado Green Garden dónde comí un plato delicioso (claro que para disfrutarlo hay que ignorar el hecho de que las ratas pasean libremente por encima de sus murallas). En Green Garden tuve la oportunidad de conocer a Sylas Maujih, un hombre muy afable que es nuestro referente local. En un africano de piel oscura, sonrisa fácil y ojos profundos que te dan la bienvenida en cada momento que te cruzas con ellos. Se encuentra en sus treinta y estudia trabajo social medio tiempo y trabaja en Kisumu Children Ministries el resto de la jornada, una ONG que se encarga de pequeños en situación de riesgo. Durante unos treinta minutos estuvimos conversando con Sylas acerca de Street Youth, el proyecto que lidera Francisca y que ha sacado de las calles a un grupo de jóvenes que dormía dentro de un vertedero a las afueras de la ciudad, empoderándolos a través de la construcción y la administración de un gallinero.

Finalmente fuimos a un centro comercial (si es que hablamos con eufemismos claro) dónde pasamos por el supermercado y compramos crédito para internet. Luego caminamos en dirección al Lago Victoria para tomar nuestro matatu de vuelta a casa.

Una vez en casa cocinamos con Francisca arroz y lo mezclamos con cebolla morada, tomate, huevo y palta (todo lo compramos a muy bajo precio en el mercado de Riat). La cena es el momento del día en que compartimos con los dueños de casa: Keneth y Lily quienes junto al pequeño Stanley comparten con nosotros los espacios comunes. Keneth tiene 28 años y si bien es un tanto uraño, una vez que te ganas su confianza se abre, te cuenta de su vida y te invita a participar en ella. Trabaja como investigador adjunto para ensayos clínicos con antiretrovirales para combatir el VIH en las instalaciones que tiene la CDC en Kisumu. Lily tiene 21 años y es el polo opuesto de Keneth. Siempre alegre y con un humor chispeante nunca escatima en gestos a la hora de expresar sus emociones. Se encarga de la casa y cuida de Stanley, el pequeño de tres meses hijo de ambos. Mientras cenábamos, la tarde se fue rápidamente dando paso a la noche, con el canto de los grillos y las cigarras en una orquesta estridente pero al mismo tiempo bella. Era hora de meterse nuevamente al mosquitero y tratar de dormir un poco. Mañana sería un nuevo día.


Martes 03 – 07 – 2012  

El Martes me desperté sin ayuda, fui directo al baño y me crucé con Andrea en el camino quién me miró con cara de incredulidad “¿Te vas a bañar ahora? ¡Acá bañarse dos veces en menos de 24 horas es un crimen!” y se rió mientras caminaba hacia al dormitorio. Mientras me humedecía las manos para cubrir con jabón mi cuerpo, pensaba que tal vez el comentario de Andrea, si bien era una broma que pretendía hacer más llevadera la rutina del baño, tenía mucho de cierto porque en África el agua es un bien escaso y seguro cuando comience la temporada seca ya no podré bañarme todos los días. Estaba en esas cavilaciones cuando me percaté que sólo había ocupado un litro de agua para retirar de mi cuerpo y mi pelo la espuma. ¿Increíble no? Mientras me secaba y me vestía en la oscuridad del baño un sentimiento de profunda vergüenza atravesó mi pecho como una estocada “¡Cuánta agua he desperdiciado en Chile!”. Sentí pudor, rabia y mis ojos se humedecieron sin poder evitarlo. Al salir del baño me prometí que no olvidaría nunca esa media cubeta de agua.

Una vez listo, Andrea me esperaba para tomar desayuno. El calor acá aplasta el apetito así que me preparé un poco de avena con un yogurt mientras mi compañera se tomaba una taza de café. Cuándo terminamos salimos de la casa rumbo a la carretera. Andrea cruzó por el asfalto ardiendo y yo la seguí “Ahora tenemos que subirnos a un matatu que nos lleva en dirección contraria a Kisumu, hasta Kisian Junction” me explicó. El camino es más rústico, las casas dejan de monopolizar el paisaje y le dan espacio a los árboles y plantaciones de maíz. A medio camino aparece una ruta de asfalto con cableado eléctrico y postes de luz que podría considerarse más bien un accidente en ese escenario. Se trata de la entrada al centro que tiene la CDC en África Subsahariana, en cuyas modernas instalaciones se llevan a cabo estudios para combatir los dos grandes yugos del continente: VIH y malaria. Cuándo se divisa una rudimentaria estación de gasolina el chofer del matatu para y carga una cantidad ridícula de bencina con una veintena de pasajeros dentro sin molestarse en apagar el auto mientras el motor se llena con el ambarino líquido. Andrea me mira y puedo adivinar en sus ojos lo que está pensando Un día saldremos todos disparados por los aires”. Finalmente a unos metros de la estación se encuentra Kisian Junction, un polvoriento lugar dónde se cruzan dos caminos.

Caminar por Kisian Junction es un anticipo a lo que ocurrirá cuándo el asfalto desaparezca y de paso a la espesa vegetación. Conformado por una veintena de casas el punto neurálgico de la zona es un mercado dónde las mujeres de Kisian venden de todo. A diferencia de Kisumu, en esta zona ser el blanco de las miradas cobra un doble significado y a tan sólo unos segundos de bajarse del matatu ya escuchas cómo mientras te abres camino por los puestos de fruta, verdura y omena (un pescado pequeño que obtienen del Lago Victoria y dejan secando al sol) te gritan en kiswahili “¡Hey mzungu! ¿Abari?” que significa “¡Hola blanco! ¿Cómo estás?” Andrea no duda en responder casi al instante ¡Misuri sana!” que viene siendo “¡Muy bien!” y adultos y niños explotan en carcajadas porque sin dudas resulta muy gracioso escuchar a una mujer blanca hablando su idioma. Una vez que el mercado queda a nuestras espaldas cruzamos la carretera de Kisian y nos introducimos por un angosto camino de tierra rodeado de árboles. “Aquí comienza el camino a Rota” dice Andrea quien camina rápido mientras yo intento seguirle el paso.

Por primera vez desde que llegué a Kenya siento que no me he equivocado y que todo lo que he trabajado para llegar hasta aquí tiene sentido. Caminar bajo el sol por la mañana evaporando el sudor sobre la piel vale la pena porque tomas conciencia de lo que es realmente vivir en África. La ruta se abre por entre la vegetación dónde predominan las plantaciones de maíz. El verde se mancha de vivos colores dónde cientos de mariposas revolotean entre las flores y al batir sus alas bajo el sol, parecen gotas de cristal. Caminando por ahí debes compartir el estrecho sendero con vacas, cabras, cerdos y perros mientras el trinar de los pájaros anuncia tu llegada en las pocas casas de madera y barro con techo de paja que, de manera esporádica, aparecen a la vista. Entre los arbustos niños pequeños con desdentadas sonrisas corren a tu encuentro gritando “Mzungu! How are you?” una de las pocas frases que saben articular en inglés. Cuando caminas hacia ellos corren a esconderse entre las faldas de sus madres quienes lavan ropa en los charcos de agua y te saludan con la mirada. Una mirada que te invita a seguir caminado. Luego de 30 minutos puedes divisar Rota.


Caminando a Rota.

Niños salen a nuestro encuentro mientras caminamos.

Las mujeres cargan en su cabeza todo tipo de cosas: leña, agua y hasta los bolsos.

Rota es una pequeña comunidad al este de Kisumu a medio camino de la frontera con Uganda. Está bellamente flanqueada de árboles y cercada en todo su perímetro por madera. Al entrar puedes divisar a la izquierda un gran cuadrilátero con dos arcos y a la derecha una construcción de barro sin puertas y ventanas dónde funciona la escuela. Acá salen a tu encuentro una veintena de niños que corren hacia ti con la intención de tocarte. Andrea conoce a la mayoría y bromea persiguiéndolos, tomándolos en sus brazos y girando con ellos por los aires mientras la multitud lanza gritos de júbilo. Aún cuando los has dejado atrás rumbo al dispensario, puedes escuchar sus alegres voces apagándose poco a poco. ¡Te llenan el corazón!

Entrando en Rota.

Con los niños de la escuelita de Rota.
El dispensario de Rota se encuentra separado de la escuela por una cerca metálica. Lo conforman dos pequeñas casas de concreto con techo de zinc. Por dentro el cielo raso está desnudo dejando las vigas de madera a la vista dónde se puede advertir la presencia de murciélagos, los cuales defecan, sin importarles como su guano va cubriendo el interior de los recintos. La primera casa está compuesta por una sala de espera y tres habitaciones: un box de atención para consultas de morbilidad, otro para diagnóstico y control de pacientes seropositivos para VIH y un laboratorio dónde se realiza la toma de sangre y que consta de un microscopio que en estos momentos se encuentra en una gaveta acumulando polvo. La segunda casa es más pequeña y también consta de tres habitaciones: en la primera funciona la farmacia, en la segunda se realiza la antropometría y los controles de embarazo y finalmente en la tercera funciona el vacunatorio dónde un pequeño refrigerador a gas mantiene la cadena de frío. Tengo mucho que contarles acerca del dispensario pero lo dejaré para más adelante.


El dispensario.
Andrea con el personal de Rota Dispensary.
Nos despedimos de Rota pasado el mediodía. Antes de tomar el matatu de vuelta a casa paramos en el mercado de Kisian dónde compramos unos plántanos enanos cuyo sabor es un poco más dulce que el de los que puedes comprar en Chile.

En la tarde fuimos con Francisca y Andrea a The Laughing Buddha una fuente de soda dónde venden milk-shakes muy helados y de muchos sabores “¡Si tan sólo pudieran probarlos! ¡Son deliciosos!”. Andrea y yo tomamos un milk-shake de Kit-Kat y Francisca uno de Ferrero-Rocher. Luego nuestros amigos indios vendrían por nosotros para comer algo pero yo estaba agotado y además, quería ver si podía volver en un matatu desde Kisumu hasta Riat por mi cuenta. Pese a la negativa inicial de mis compañeras, Andrea se ofreció a dejarme en el terminal de la ciudad para asegurarse de que me subiera al vehículo. Una vez dentro del  matatu, mientras el pequeño vehículo avanzaba ruidosamente por las oscuras calles, mi temor poco a poco desapareció. Cuándo divisé el mercado me bajé y caminé entre los puestos iluminados por pequeñas fogatas hechas con papel y carbón giré a la izquierda y encontré la casa. “¡Había tomado un matatu por mi cuenta!” Me sentía ridículamente orgulloso de mi mismo y esa noche dormí bajo el mosquitero con una gran sonrisa de satisfacción en mi rostro. Al día siguiente volvería a Rota con Andrea para aprender a manejar el Programa de Nutrición.

Miércoles 04 – 07 – 2012  

Mi parte favorita de cada día es cuándo me meto en la cama y el mosquitero me protege de los molestos mosquitos, sin importar que la temperatura en mi habitación sea sofocante o que el sudor humedezca mis sábanas hasta adherirlas a mi piel como un tatuaje. Bajo el invisible manto blanco puedo descansar de los odiosos insectos.

En eso estaba pensando cuándo Andrea entró a chequear si me había despertado. Comprobé la hora, eran las 7:55 de la mañana. La miré y de mi boca salió algo difícilmente entendible. No era español, inglés o swahili, simplemente era yo aún dormido bajándome torpemente de la cama rumbo al baño. Es increíble cómo poquito a poco, todas estas pequeñas acciones van construyendo una rutina, ayudándome a sentirme en casa. Tomamos el desayuno de siempre y salimos rumbo a Rota. Esta vez más temprano porque era Miércoles y en el dispensario eso significa Programa de Nutrición.

Contrario a lo que pensaba, las largas caminatas hacia el dispensario ofrecen siempre algo diferente para deleitar la vista. A mitad de camino, cuando el sudor resbala por los párpados y escueza los ojos, una mujer de mediana edad con un vestido de vivos colores que resaltan insultantes sobre su oscura piel, vende mandazis (panes fritos de forma triangular hechos a base de agua, harina, levadura y leche) y chapatis (tortillas fritas hechas de harina integral, sal y agua). Cómo mis desayunos son frugales, verla ataviada en su traje amarillo y púrpura es cómo encontrarse con un oasis en la mitad del desierto. Intercambiamos un par de palabras y mientras el dulce sabor del mandazi me envuelve continúo hacia Rota por otros 20 minutos.


Todas las mujeres visten con vivos colores.
Al llegar saludo a los funcionarios, siempre alegres y con una sonrisa amplia enmarcando sus blancos dientes. Andrea desaparece y luego de unos minutos regresa cargada de libros, carpetas y hojas de registro. Esto es todo lo que necesitas saber sobre el Programa de Nutrición”. Yo miro el montón de papeles con cara de incredulidad y luego busco la mirada de Andrea que me confirma que no está para bromas. Mientras intento seguirle el paso y asimilar un cantidad ridícula de siglas en inglés que probablemente olvide cientos de veces el primer mes, la sala contigua comienza a llenarse de mujeres y niños. Cuándo el reloj marca las 10:00am Andrea se pone de pie y sus ojos verde oliva se clavan en los míos ¿Estás listo?” y sin esperar respuesta me deja atrás para comenzar la rutina del día. Yo aún aturdido ante tanta información apresuro el paso, la observo y voy grabando cada detalle en mi cerebro, con la esperanza de que el próximo Miércoles, cuándo ella ya esté en Chile, sea capaz de recordar un 10% de lo que me ha explicado los últimos treinta minutos.

A medida que transcurre la mañana pesamos, medimos talla y  circunferencia del brazo de unos 10 niños aproximadamente. Mientras registramos las cifras en una hoja diseñada para eso, vamos revisando distintas tablas a fin de decidir si los pacientes continúan estando desnutridos. De ser ése el caso, hay que ver si tienen desnutrición severa o moderada, pues de esto último depende el tipo de suplemento que habrá que darles: Plumpy Nut para los severos, Plumpy Soy para los moderados mayores de dos años y un tercero para los más pequeños cuyo nombre no logro recordar ahora. Son alrededor de las 13:30 cuándo hemos terminado de verlos a todos y de llevar el registro correspondiente.

El Programa de Nutrición está sistematizado, por lo que la primera impresión es que se trata de un trabajo más bien sencillo. El problema surge después, cuándo te encuentras con que además los pacientes están enfermos, muchas de sus cuidadoras no hablan inglés y los mismos funcionarios del dispensario entregan bajo cuerda, suplementos a pacientes que ya han egresado del programa. Si los números a fin de mes no cuadran, entonces el Ministerio de Salud de Kenya corta el suministro. Sólo este año se han admitido hasta la fecha 62 niños y actualmente se encuentran activos 16 de ellos. ¿Qué sucede con el resto? La mayoría han mejorado, otros han fallecido o simplemente se han olvidado de traerlos.

El camino de regreso a Riat se me hace agotador. Son cerca de las 14:00 y al ver que las nubes se cierran ocultando al inclemente sol africano, suspiro y doy gracias por ese pequeño gesto que Dios tiene conmigo. Es increíble cómo todas las pequeñas cosas que antes me eran indiferentes, ahora cobran importancia y me llenan de dicha.

Llego a la casa y me desplomo en el suelo de la sala de estar. Reviso el dorso de mi pie izquierdo. Hace un día que esta hinchado y caliente, seguro se trata de una celulitis. Parece que no quiere mejorar pero en mi botiquín cuento con tan sólo una veintena de cápsulas de Cloxacilina y son demasiado valiosas cómo para tomar la apresurada decisión de utilizarlas a menos de una semana de haber llegado. “Resiste otro día. Tal vez mañana se encuentre mejor” pienso y luego de tomar una gran bocanada de aire, lanzo un sonoro suspiro, recobro las fuerzas y me dispongo a pasar el resto de la tarde estudiando y escribiendo.

Ya es tarde y debo irme a la cama. Antes de abrirme paso por el mosquitero debo revisar mi pie. Se encuentra levemente mejor ¡Que alivio!”. Sonrío para mí y luego me pongo a llorar “Por Dios es sólo una diminuta herida en el pie. ¡Tampoco es para tanto hombre!” me digo, algo molesto conmigo por mi reciente derroche de sensibilidad. Mientras termino estas líneas ya se acerca la medianoche. Andrea y Francisca se fueron a dormir y se que debo hacer lo mismo. Mañana será mi primer día en Kisumu District Hospital y no puedo llegar tarde.

Jueves 05 – 07 – 2012  

Eran las dos de la madrugada y no podía conciliar el sueño. Sin embargo la aparición de un comensal inesperado en la mitad de la sala de estar me puso de vuelta a la cama en menos de un minuto. Su oscuro cuerpo contrastaba violentamente con las blancas baldosas que afanosamente Lily limpia todas las mañanas. Se trataba de una cucaracha. Pero una de dimensiones exageradas. Cuándo advirtió mi presencia sus alas se desplegaron y comenzaron a batir suavemente. No pude evitar recordar el cuerpo de Gregorio Samsa tumbado hacia arriba pudriéndose lentamente en la mitad de una oscura habitación, y una ola de repugnancia recorrió mi espinazo. No alcancé a verla emprender vuelo porque, en un subidón de adrenalina, me escondí en mi cama protegido por el mosquitero a varios metros de distancia. Maldije a Franz Kafka varias veces antes de caer dormido.

Me desperté cubierto de sudor. Eran las 6:50 y me hice el ánimo para salir de la cama. Una vez en el baño, el agua fría me despertó violentamente, calmando mi dolor de espalda que resentía los 20 litros de agua que había sacado del pozo hace 2 días. Al llegar a la sala de estar me encontré con Lily y le conté mi encuentro de la noche anterior “Ohh get used to it honey. That creatures are everywhere and I have seen it bigger than that” algo así como “Ohh, anda acostumbrándote cariño. Esos bichos están por todos lados y yo los he visto mucho más grandes de lo que cuentas.” Traté de no pensar en lo inevitable de nuestro próximo encuentro y me preparé algo para desayunar.

Estaba terminando de comer cuando Andrea apareció aún en pijamas. “Eso está muy hinchado” me dijo mientras inspeccionaba con sus ojos claros mi pie izquierdo. Resignado partí a buscar Cloxacilina pero al cabo de unos minutos hurgando en mi botiquín, me di cuenta de que no la había traído conmigo. Afortunadamente acá venden antibióticos sin receta y a un precio ridículo.

Salimos de la casa muy temprano y mientras viajábamos en matatu rumbo a Kisumu District Hospital (KDH), la interrogué con respecto a su trabajo ahí. Andrea me explicó que en Kenya existen los Clinical Officers que estudian tres años y luego ejercen medicina en los consultorios y hospitales y los Medical Officers que estudian siete años y supervisan el trabajo de los primeros. Lamentablemente en el país sólo existen dos universidades que imparten medicina, los cupos son reducidos y entrar es complicado. Con más de 36 millones de habitantes viviendo en Kenya, eso significa que existe 13 médicos por cada  100.0000 personas, mientras que en Chile la razón es de 109 por cada 100.000. ¿Qué diferencia no? Ahora entiendo por qué esto es tan importante y frente a las adversidades del día a día voy repitiendo esa cifra en mi cabeza como si de un mantra se tratase.

El matatu nos dejó en el sector de Agha-Khan. Este punto de Kisumu llama la atención porque en él se concentran edificios que destacan entre las precarias construcciones locales: Agha-Khan Hospital (una de las dos clínicas privadas), Agha-Kan Private School (una de las pocas escuelas privadas de la ciudad) y Agha-Khan Sport Club (el club de deportes que cuenta con canchas de tenis y fútbol en su interior). Cuando sales del perímetro que rodea las cuatro esquinas la cruda pobreza vuelve a dominar las calles y al caminar por ellas nos cruzamos con un grupo de cuatro hombres de mediana edad que revisan la basura bajo el calor sofocante, con la esperanza de encontrar algo de comida. No alcanzamos a avanzar muchos metros más cuándo otros dos hombres aparecen ante nosotros con botellas de plástico adheridas a su mentón con cinta adhesiva. “Ellos colocan dentro de la botella un pegamento y mientras caminan lo van inhalando” me explica Andrea.

Seguimos caminando y cruzamos el Jomo Kenyatta Park, un gran parque público bautizado así en honor al primer presidente que tuvo el país al alcanzar su independencia en 1963. Sobre la verde hierva vemos a un grupo de wazungus (plural de mzungu) organizando un partido de fútbol para la paz en África. A juzgar por su apariencia, probablemente se trate de voluntarios de Estados Unidos (acá la mayoría de los blancos sólo viene por uno o dos meses).

Llegamos al KDH alrededor de las 9:00am y puedo ver que se trata de una serie de antiguas construcciones de concreto de un piso en cuyas paredes aparecen pintados con letras blancas sobre un fondo negro los distintos servicios: “Ward 5” (cirugía), “Ward 2” (pediatría), etc. Éstas se encuentran desperdigadas por un terreno de alrededor de 4 hectáreas, dónde abunda la tierra y escasea la vegetación. Caminamos y nos abrimos paso entre policías armados con sendas metralletas rusas custodiando a un puñado de hombres con harapos blancos y franjas negras de aspecto poco saludable, con sus frágiles tobillos y muñecas firmemente esposados. “¿Son presos?” pregunto y Andrea me responde sin posar su mirada en ellos “Acá los presos deben prestar servicio comunitario” y mientras me explica esto puedo advertir que algunos cargan carretillas llenas de tierra color terracota. Llegamos al centro del recinto y preguntamos por el Dr. Otedo (director del KDH) pero nos dicen que se encuentra en una reunión y debemos esperarlo en una pequeña antesala dónde el calor es sofocante y entran y salen diferentes funcionarios. La mayoría reconoce a Andrea y la saludan entusiastamente y ella les explica en inglés que yo soy el nuevo médico chileno. Luego de dos horas de espera el Dr. Otedo nos recibe amablemente y en una reunión que dura a lo sumo dos minutos acordamos vernos al día siguiente para que le entregue una carta de Africa Dream y mi título convalidado. Nos despedimos y caminamos en dirección contraria, pero antes de llegar a la salida Andrea dobla a la izquierda en dirección a un edificio que no había visto antes. La construcción, también de una planta, es notoriamente nueva y construida con materiales de mejor calidad que las que visitamos primero. Tenemos que presentarnos con el Dr. Kwambai” mientras entramos al recinto me cuenta que él es el jefe del estamento médico. Como era de esperar, no se encuentra en su oficina. “Acá nadie llega a la hora y te pueden hacer esperar todo el tiempo que quieran sin si quiera molestarse en pedir disculpas”. Resignados nos retiramos del hospital con la esperanza de encontrarlo al día siguiente.

Al salir de KDH nos dirigimos a una feria artesanal que queda a unos 15 minutos del hospital. Andrea tiene que comprar regalos para sus familiares y amigos. Cuándo termina la calle Andrea dobla a la izquierda y me anuncia “Ya llegamos”. Ante mis ojos y en un estrecho camino de tierra, dos largas hileras de tiendas de madera se extienden hacia el infinito. Sólo hemos estado ahí 30 segundos cuando los diferentes locatarios comienzan a gritar “Hey Mzungu! Come and see, to have a look it’s free!” lo que se traduce como “¡Hey blanco! ¡Ven a ver, mirar es gratis!”. Luego de unos minutos en la feria ya hemos visto de todo: máscaras africanas, animales de la sabana, pinturas, aros, collares y pulseras. La excitación inicial al cabo de una hora bajo el fuerte sol da paso al tedio y al hastío. Francisca se nos une a la mitad del recorrido y advierte el aburrimiento en mis facciones “No pongas esa cara, mira que en tres semanas más tendrás que acompañarme a mi” me dice y termina la frase sacándome una sonrisa.
Mercado de artesanía en Kisumu.

Telas de vivos colores.

Terminando el recorrido agotado de ver tantas tiendas.
Luego de la feria nos vamos a comer algo a Green Garden y cuando ya son las tres de la tarde volvemos a casa. Andrea se queda en Kisumu Gracias por acompañarme. Anda a casa, no te preocupes que yo te compro la Cloxacilina” me dice y yo acepto sin pensarlo dos veces. En el matatu camino a Riat siento todo el cansancio de los días en África en mi cuerpo. Me pesa la cabeza, la espalda me mata y mi pie izquierdo en vez de mejorar, empeora. Al llegar a casa trato de escribir un poco pero me vence el malestar. Me acuesto y el calor me aplasta contra la cama.  Despierto luego de una siesta de dos horas, aún me siento decaído pero pongo mi mejor esfuerzo para salir de la cama. Andrea me ha dejado el antibiótico a mano así que tomo una cápsula de Flucloxacilina y dos comprimidos de Paracetamol y al cabo de una media hora ya me estoy sintiendo un poco mejor.

En la noche estamos invitados a la casa de Dhirajlal o “Jay”, uno de los amigos de Andrea y Francisca. No tengo ganas de ir pero sería la segunda vez que rechazo una invitación esta semana y me parece de mala educación no aceptar. Todos han sido muy amables conmigo desde que llegué y es importante tener con quien contar, especialmente cuando me encuentre solo. Jay y Samil o “Hippo” (las niñas lo llaman así cariñosamente por su semejanza con los hipopótamos) pasan por nosotros a las 19:00 y nos llevan por las calles de Kisumu hasta Milimani, un sector muy bello de la ciudad, dónde hay grandes casas con guardias custodiando las entradas. La familia de Jay es india y nos esperan con una comida deliciosa. Mientras esperamos con unas Tusker bien heladas la madre de Jay, que luce hermosa en su sari color granate nos trae la primera delicia india: Bhujia (rodajas de papas rebozadas en harina de garbanzos y sazonadas con cilantro). Al cabo de una hora, sobre una gran mesa se despliegan diferentes platos típicos de la gastronomía del país asiático: Dhal (salsa picante hecha a base de legumbres y acompañada de arroz), Palak Paneer (vegetales con queso paneer y crema) y Goat Curry (carne de cabra sazonada con muchas especias, entre ellas: ají, albahaca, azafrán, cardamomo, comino y jengibre). Comienzo a comer y me doy cuenta de que es la comida más picante que he probado en toda mi vida, miro a mi alrededor para confirmar si alguien más en la mesa siente adormecida la boca y sólo Andrea parece adivinar mi pensamiento. Finalmente traen a la mesa Gulab Jamun (bolitas de masa fritas en aceite hechas con leche en polvo y harina y endulzadas con azúcar, agua de rosas y cardamomo) y el dulce sabor calma el incendio en mi boca.

La noche está tibia y Jay nos trae a casa. El reloj marca las 23:10 y bajo el blanco entretejido del mosquitero me voy sintiendo más liviano y el dolor va desapareciendo hasta convertirse en una molestia casi imperceptible. Antes de cerrar los ojos sonrío contento por haber aceptado la invitación y agradecido por tener en mi camino personas que abren las puertas de sus casas a alguien que viene de tan lejos.

Viernes 06 – 07 – 2012 

Me levanté temprano y caminé a tientas por el pasillo con los ojos aún cerrados rumbo el baño. Me tardó un par de minutos caer en cuenta de que no había agua para lavarme y la sola idea de tener que ir a buscarla al pozo detonó mi dolor de espalda que hasta el momento creía, había desaparecido.  Sin más remedio tuve que traer una cubeta de agua y luego del baño ya me sentía agotado.

Andrea despertó más tarde y me acompañó con un café con leche. Salimos rumbo a Kisumu un poco antes de las nueve y pasamos al centro a sacar fotocopias de los distintos documentos que debía entregar a los doctores Otedo y Kwambai. Llegamos al KDH antes de la hora acordada, pero cómo ya habrán adivinado, ninguno de los dos había llegado aún al hospital así que dejamos los papeles y fuimos a recorrer el recinto.

Entrar en las diferentes instalaciones que constituyen el hospital es algo de otro mundo. Compuestas en su mayoría por tres habitaciones de pequeñas dimensiones dónde las camas metálicas se disponen en grupos de hasta seis o siete, tan continuas una de otra que difícilmente puede uno caminar entre ellas. El gris insípido del concreto crudo se propaga como una enfermedad por las paredes, el piso y el cielo raso del cual cuelgan numerosos mosquiteros azules. Rara vez los grifos de agua funcionan y las moscas vuelan sobre los cuerpos acostados cómo presagiando un mal augurio. En el Ward 6, dónde funciona ginecología, Andrea me presenta a Tadeo Masawa, un médico general que estudió en Cuba y con el que intercambiamos un par de palabras en un español bien fluido. Luego salimos de ahí rumbo al Ward 2 dónde están los pacientes pediátricos. Al entrar mi corazón se encoge. A pesar de los elefantes y jirafas pintados sobre las oscuras paredes la escena está muy lejos de ser colorida. Dispuestos en diminutas habitaciones hay un centenar de niños, en la mayoría de los casos, más de dos o tres por cada cama. Las madres se agrupan alrededor de ellos buscando un espacio vacío dónde acomodarse. Mientras avanzo, niños visiblemente desnutridos luchan por combatir malaria, sida y tuberculosis. Aún puedo recordar sus fatigados rostros al cerrar mis ojos.


Unos pequeños a las afueras de uno de los Ward.
Finalmente acompaño a Andrea a la farmacia y al laboratorio. Salimos y al mirar a mi derecha veo a una multitud cantando y llorando estrepitosamente. Esa es la morgue” me explica y puedo ver a los matatus cargando en el techo los ataúdes. “Todos los Viernes es igual. Acá mueren personas todas las semanas y el lugar no da abastos” finaliza y mientras nos alejamos le propongo que vayamos por uno de los deliciosos milk-shakes de The Laughing Buddha. Necesito distraer mi mente de todo lo que la ocupa en ese momento. Sentados en una mesa afuera, mientras la gente camina en diferentes direcciones Andrea me dice “¿Sabes? Cuando llevas un tiempo en África hay un momento en el que dejas de ver personas negras en la calle y sólo ves personas” y mientras me termino mi milk-shake reflexiono sobre el hermoso significado encerrado en esas palabras.

Salimos de ahí rumbo a la zona de la ciudad dónde trabaja Francisca con los jóvenes del proyecto Street Youth. Para llegar debemos ir hasta el Terminal. Andrea me mira y sonriendo me pregunta “¿Te gustaría hacer el recorrido en piki-piki?” y luego de negociar el precio varias veces con distintos motociclistas, nos decidimos por uno y hacemos el viaje montados los tres en su pequeña motocicleta. Durante los breves minutos que dura el recorrido, agradecido disfruto el viento que seca el sudor de mi cuerpo. Al llegar al terminal tomamos un matatu y nos bajamos en Cundele, un barrio de Kisumu mucho más pobre en comparación con las otras zonas en las cuáles he estado. Caminamos un par de pasos y Francisca sale a nuestro encuentro. Mark y Stephen están dentro de la casa preparando un almuerzo para despedir a Andrea. Almorzamos los cinco. Los chicos cocinaron arroz, repollo, carne de soya y matoke (plato típico de África Central hecho a base de plátanos verdes cocidos mezclados con ajo, cebolla y pimentón). Disfrutamos la comida y nos vamos muy agradecidos por el tremendo gesto de cariño hacia Andrea.

A la izquierda matoke, al centro repollo cocido y a la derecha carne de soya.


Andrea y Fran disfrutando el almuerzo de despedida.
Francisca conoció a Mark y Stephen de entre un grupo de jóvenes que, por diferentes razones, habían terminado viviendo en un vertedero a las afueras de Kisumu. La mayoría de ellos han tenido problemas de adicción y no han finalizado los estudios secundarios. En este escenario Francisca vio un nicho dónde volcar sus ganas de trabajar. Juntos construyeron un gallinero, compraron pollos, los alimentaron y vigilaron celosamente su crecimiento y ahora se encuentran próximos a vender los primeros huevos. Estos jóvenes, que se han mantenido alejados de las calles desde que Francisca entró en sus vidas, son un ejemplo de lo mucho que alguien puede hacer con tan pocos recursos. Francisca volverá a Chile en un mes, pero dejará una marca indeleble en Mark, Stephen y los demás.

Mark y Fran.
Yo con las gallinas.
El resto del día transcurre sin novedades. Sólo les puedo decir que hoy me iré a la cama pensando que a sólo dos días para que concluya la semana me voy habituando a esto. Difícil o no, siempre me voy a la cama con una sonrisa en el rostro.

Sábado 07 – 07 – 2012  

Me levanté y fui por más agua y al abrir el grifo del pozo mi rostro se llenó de preocupación. El chorro se había vuelto débil y pequeño y habían más gusanos que los de costumbre. “Se nos está acabando el agua” me explicó Lily que venía con dos cubetas vacías a buscar más agua para lavar la ropa de la semana. Mientras estaba en eso pensé “Si no llueve pronto, tendré que comenzar a usar la letrina y disminuir la frecuencia del baño a dos o tres veces por semana” entonces, mis ojos se fijaron en el intenso azul del cielo buscando alguna nube oscura que atenuara mis tribulaciones, pero al no encontrarla reanudé mis actividades resignado a que no llovería en los próximos días. Cuándo Andrea y Francisca despertaron me explicaron que aún no era la temporada seca y que todavía en Agosto y Septiembre hay monzones. “Habrá que seguir esperando” Me repito y sonrío al encontrarme tratando de recordar la danza de la lluvia de los indios de las películas del lejano oeste que tanto le gustan a mi papá. “¡Si tan sólo hubiese visto una de esas películas contigo! ¡Los Sábados por la tarde me invitabas a que me acostase a tu lado a verlas y yo siempre rechazaba tu invitación porque las encontraba tan aburridas!”.

La tarde me la pasé revisando los archivos del computador de Andrea. Entre ellos había mucho material útil para mi futuro trabajo. Luego de eso me dediqué a estudiar. Tengo muchísimo que aprender.

Hace unos días atrás me compré lápices de diferentes colores y un gran libro. Es parecido al que usaban los profesores antiguamente en las escuelas para escribir anotaciones. El empastado es de un material muy firme de color negro.  He comenzado a traspasar mis escritos al libro y entre las hojas voy dejando fotos y diferentes recuerdos que he ido juntando hasta ahora en mi viaje. Estoy seguro que será mi gran tesoro cuando vuelva a Chile. La sola idea de sentarme el próximo año con todas mis sobrinas en el gran sillón de la sala de estar en Punta Arenas a repasar juntos sus hojas, para entonces repletas de color, me llena de felicidad y nostalgia ¡Las extraño tanto!.

En la noche fuimos con Andrea y Francisca a Roof Top. Llegamos al lugar alrededor de las 20:00, la noche estaba tibia en la azotea del edificio de cinco plantas y mientras nos tomábamos Tusker bien heladas recordamos a carcajadas nuestros tiempos de infancia y lo particular que fue la década de los 80’s (tanto que en Chile la serie que recuerda esa época de nuestra historia se convirtió en una de las más vistas en los últimos años). A eso de las 22:00 nuestros amigos indios se nos unieron y fuimos a The Laughing Buddha dónde terminamos conversando animadamente y sacando fotos para que Andrea lleve consigo el recuerdo de todos los que, en un año, terminaron convirtiéndose en su familia a este lado del Atlántico.

Mañana será un día largo. Nos esperan varias horas de viaje hasta Nairobi. Afortunadamente esta vez será en auto. Andrea no quiere hablar del viaje, el tema es sensible. “Cuándo dejas Chile sabes que volverás dentro de un año. Cuándo dejas Kenya, no sabes si volverás algún día” agrega Francisca y nos vamos a la cama. Es el término de una semana más en Kisumu: la última de Andrea y para mí, la primera de muchas.

Domingo 08 – 07 – 2012  

Era muy temprano, no puedo recordar exactamente la hora, pero el cielo aún estaba teñido con el violeta tan característico de los amaneceres aquí en África. Me desperté asustado porque afuera era tanto el ruido que si hubiese cerrado mis ojos, bien podría haber estado en las graderías del Estadio Nacional durante un clásico entre Colo-Colo y Universidad de Chile. Se trataba de un pastor que vive cerca de nuestra casa y que todos los Domingos al amanecer, sale a recorrer las calles con su megáfono y predica sus preceptos. Cómo lo hace en kiswahili es imposible saber a qué religión adhiere, pero a juzgar por la ira que cargan sus guturales palabras, seguro está anunciando calamidades para todo aquel que no comparta sus febriles creencias. Busco medio dormido mi iPod y decido arder en las llamas del infierno antes que poner un pie fuera del mosquitero.

Son las diez de la mañana y Lily nos saca de la cama a los tres. Ha preparado uno de los platos favoritos de Andrea para su último desayuno en Kisumu: mandazis. Nos sentamos todos en la mesa y mientras bebo un poco de café con leche y pruebo uno de los deliciosos panes triangulares trato de adivinar qué estará sintiendo Andrea en ese preciso momento. Volver a Chile luego de un año en África debe ser aún más difícil. Yo llevo tan solo dos semanas acá y ya siento que mi alma pesa unos gramos más. Se que está triste pero probablemente nunca podré dimensionar lo que está sintiendo hasta dentro de un año, cuando yo esté en su lugar.

Por primera vez en Kenya me siento solo. Andrea y Francisca han hecho este viaje juntas y un hilo invisible las conecta la una a la otra en un complejo tejido. Sin embargo con la partida de una de ellas, ese hilo se hace visible ante mis ojos. Francisca sabe lo que sucede en el corazón de Andrea ¿Cómo no saberlo si ella también se marcha en un par de semanas? ¿Cómo no saberlo después de tantos meses viviendo juntas? Es entonces cuándo me doy cuenta que mi llegada quiebra el bello equilibrio entre ambas: Andrea taciturna y reservada y Francisca alegre y extrovertida. Es entonces cuándo comprendo que mi ciclo comenzará cuando Francisca se vaya y me quede solo.

Llevamos las maletas afuera y dejamos a Andrea a solas con Lily y Keneth para que pueda despedirse de ellos. Afuera nos esperan nuestros amigos indios quienes se han ofrecido para llevarnos en auto hasta la capital. Luego de haber viajado por esa carretera polvorienta en tan malas condiciones es una alegría contar con ellos en estas circunstancias.

Tomamos la ruta principal pero antes de salir de Kisumu la policía local detiene el auto. El oficial, un hombre de mediana edad, mira el asiento trasero y sus ojos sin expresión repasan nuestros blancos rostros sin detenerse realmente en ellos. Luego de un intercambio de palabras en kiswahili, uno de nuestros amigos saca algo de dinero y se lo entrega. Entonces el policía nos muestra todos sus dientes y por supuesto, ninguno de nosotros le devuelve la sonrisa. Mientras nos alejamos de la ciudad un sentimiento de impotencia me envuelve y pienso que África nunca dejará de ser África.

El viaje es largo. La carretera está construida con un material de mala calidad y tiene tan sólo dos carriles. En varios puntos se interrumpe violentamente para ser reemplazada por tierra. En las próximas 6 horas el camino con sus verdes plantaciones de té va quitando el sabor amargo de mi boca y me llena de satisfacción. Cuándo comienza a atardecer Andrea me avisa que el sol se está escondiendo. Mis ojos no habían visto hasta entonces nada tan bello como eso: por mi derecha un enorme y perfecto círculo rojo descansaba sobre el verde valle y al mirarlo proyectaba un tibio fulgor que acariciaba tus ojos en lugar de dañarlos. ¡Hermoso!

La noche cae y mientras subimos las verdes colinas un aire helado y húmedo se cuela por las ventanas. Lamento no haber traído algo más abrigado conmigo y casi puedo ver reflejados en el vidrio del auto los rostros de mi mamá y mi tía Sandra próximas a llamarme la atención por mi reciente descuido. Afuera está oscuro y ante la ausencia total de cableado eléctrico, las luciérnagas iluminan el camino con su tenue luz.

Llegamos a Nairobi entrada la noche. El hotel es confortable y mientras nos repartimos en las diferentes habitaciones, Francisca y yo agradecemos la presencia de agua en nuestros respectivos baños celebrando en la mitad del pasillo con nuestras infantiles muecas. Al cerrar la puerta de mi habitación me acuesto y caigo rendido. No pasan ni dos minutos y ya estoy dormido. Mi segunda semana en África ha finalizado.

lunes, 2 de julio de 2012

PRIMERA SEMANA EN ÁFRICA

Lunes 25 – 06 – 12  

¿Les confieso algo? Nunca pensé que podría viajar por mi cuenta tantos miles de kilómetros. Siempre me ha rodeado un halo de inseguridad porque suelo tener un  nulo sentido de la orientación.  Si alguien me hubiese preguntado hace un par de años atrás dónde me veía en el futuro probablemente África no habría venido a mi mente.

El viaje en Lan Chile a Buenos Aires estuvo cargado de emoción. Mientras cruzaba la cordillera de Los Andes mis ojos se humedecían pues sabía que no volvería a Chile dentro del próximo año.  El vuelo tranquilo y sin incidentes llegó a tiempo al aeropuerto de Ezeiza dónde tuve la oportunidad de contar con Internet y poder enviar noticias a mi familia en Chile.

El viaje en South African Airways a Johannesburgo fue en un avión de unas dimensiones  enormes con 75 filas de 8 asientos cada una, separadas por dos pasillos. Comenzamos a abordar el avión y al darme cuenta de que era uno de los pocos blancos a bordo pensé “No es un sueño, esto de verdad está sucediendo”.  En ese preciso instante el avión comenzó a tomar velocidad y despegó rumbo al Atlántico. Pese al retraso de la aerolínea, el vuelo fue tranquilo y  el servicio a bordo excelente aunque era difícil entender el inglés de la tripulación. Luego de 12 horas de viaje me encontraba aterrizando en tierras africanas.

Mi paso por Johannesburgo (Joburg) fue breve. Mi próximo vuelo a Ciudad del Cabo salía dentro de 4 horas. En Chile probablemente no hace falta tanto tiempo para realizar cualquier trámite dentro de un aeropuerto pero en Joburg las cosas son diferentes: no importa cuántos rascacielos coronen el cielo de las grandes ciudades de Sudáfrica, siempre seguirá siendo África. ¿Cuál es el problema con esto? Que acá parece que todo ocurre al ritmo de Hakuna Matata  (“sin preocuparse” en swahili). Es la manera de hacer las cosas y todo toma demasiado tiempo porque a nadie parece importarle las manecillas del reloj. Esto no sería problema, pero considerando que mi vuelo llegaba con una hora de retraso y que estuve una hora en policía internacional (aún debía buscar las maletas y chequearme en el siguiente vuelo), resultó que la lentitud de la joven africana que miraba mi pasaporte como si estuviera por primera vez frente a la Mona Lisa en el Louvre me exasperó. Afortunadamente mientras hacía todo esto pude llamar a mis padres y eso esfumó rápidamente las malas vibras.

 Al salir de Policía Internacional, corrí rumbo a las maletas y eran tantas las cintas que tardé cerca de 20 minutos en encontrar la mía, dónde una guardia africana me coqueteó descaradamente y comenzó a hablarme en inglés pero estoy seguro que no habría podido entenderle aún poniendo todos mis esfuerzos en ello: el inglés acá es todo un tema (no es precisamente de lo más comprensible). Con mis maletas en la mano fui hasta el counter  de South African Airways y al pesar mis maletas (38 kilos) los funcionarios de color comenzaron a intercambiar miradas y un par de palabras en afrikaans (lengua derivada de la que hablaban antiguamente los colonos holandeses que habitaban la zona y que con el paso del tiempo fue adquiriendo características propias, asimilando vocablos del inglés, malayo, portugués y de las lenguas zulúes de los nativos de la zona así que se pueden imaginar lo enredado que es). Luego de escribir algo sobre el ticket de viaje me dijeron “Tenemos un problema con su equipaje, lleva 16 kilos de sobrepeso” cómo estaba solo, no entendía un carajo de lo que decían y el atraso del vuelo me dejó con poco tiempo corrí a cambiar dólares por 500 Rands (la moneda local) y luego al salir para pagar el sobrecargo, me detiene un funcionario del aereopuerto que terminó pidiendo más dinero por su ayuda. Entonces cuándo la frustración comenzaba a apoderarse de mi respiré varias veces y pensé Disfruta la experiencia y olvídate de los detalles”.

El viaje a Ciudad del Cabo fue tal vez, el mejor de todos. Probablemente porque sabía que pondría mis pies sobre la tierra y los mantendría en ella por varios días y que mi amigo Andrew estaría esperando por mi en el aeropuerto. El vuelo fue excelente y mientras el avión descendía para aterrizar pude ver a través de la ventana Table Mountain: una enorme formación rocosa de cima aplanada que abraza la ciudad rodeándola en toda su extensión y que, además, desde el 11 de noviembre del 2011, es considerada una de las siete maravillas naturales del mundo. Eran las 14:00 hora local y luego de pasar aproximadamente 25 horas en el aire había llegado a mi primera parada en África.

Cape Town desde el avión
Martes 26 – 06 – 2012 

Cuándo Andrew vio mi expresión de decepción en el rostro al mediodía siguiente mientras afuera el aguacero amenazaba con arruinar mis planes de recorrer la ciudad, sonrió y me dijo: “Hey! Don’t be so disappointed about it. Here in Cape Town we like to have all seasons in one day”. Algo así como “Ey! No te deprimas. En Ciudad del Cabo nos gusta tener todas las estaciones del año en un solo día”. Lamentablemente la meteorología no es su fuerte (ni mío tampoco) y el Martes no hubo ni primavera ni verano así que finalmente tuvimos que cambiar los planes y terminamos en Green Point refugiándonos de la lluvia, comiendo y bebiendo algo.

Green Point es un barrio de Ciudad del Cabo, al noroeste del distrito central de negocios. Es una zona residencial bien popular entre los jóvenes profesionales y la comunidad gay y lesbiana, es decir, el equivalente a Lastarria. Somerset Road constituye la principal arteria flanqueada por restaurantes, cafés, boutiques y discotecas. Con mi amigo estuvimos en Baluga que es un lugar muy elegante que se especializa en mariscos y pescados.


Casas en Green Point
El día no mejoró así que Andrew tomó su Blackberry y comenzó a hacer varias llamadas. Pasamos el resto del día de departamento en departamento compartiendo con sus amigos. Todos coincidieron en que mi inglés era muy bueno (según yo es bastante regular, pero comparándolo con el balbuceo incomprensible de los africanos probablemente cualquier cosa es mejor).  Algunos de ellos eran médicos, y se mostraron realmente conmovidos con mi historia pues al parecer en África se agotó la capacidad de asombro y los médicos locales no se interesan mucho por esto. Al llegar la noche no pude dormir mucho y comencé a escribir. Cuándo el sueño me venció eran las 23:30 así que dije “¡Excelente! Nada mal para un cambio de horario” pero luego recordé que mi celular seguía con la hora de Chile así que básicamente eran las 05:30 de la madrugada.

Miércoles 27 – 06 – 2012 

La mañana estuvo gloriosa. El sol se colaba por todos los rincones del departamento y aunque no había pegado ni un ojo en toda la noche, me desperté con ganas de recorrer la ciudad.  Cómo sabía que sería un día largo comencé con un buen desayuno en uno de los mejores coffe shop de Green Point. La comida era fenomenal y los platos de un tamaño para no creer. Cuando la mesera (Fabulous era su nombre) me trajo las tostadas con jarabe y el tocino crujiente me fue imposible no acordarme de mi querida Maristel que me preparó mis primeras tostadas francesas allá en Chile.

La siguiente parada fue Kirstenbosch, el Jardín Botánico es una de las grandes atracciones de la ciudad. El recorrido comienza en el invernadero que se encuentra en la entrada principal y alberga las plantas más representativas de la zona sur del continente, entre ellas un baobab que despliega sus retorcidas ramas por entre el vidrio y el metal.  Desde el invernadero, el jardín se extiende por más de 500 hectáreas dónde se han montado hermosas esculturas de artistas locales y finalmente, si subes por sus senderos, consigues una vista única de la ciudad y de la montaña que la rodea: Table Mountain.
Flor del pájaro, símbolo del Jardín Botánico.
La tercera parada fue Two Oceans Aquarium. Creo que nunca podré transmitir con palabras lo que significa entrar en este lugar. Ustedes se preguntarán “¿Por qué?” Yo sólo les diré que deben mirar algunas de las fotografías de mi cámara para quedarse sin aliento. La belleza del mundo marino se despliega magistralmente a través de ocho diferentes escenarios que recogen los distintos ecosistemas acuáticos y permiten tener contacto con miles de especies en un recorrido que no deja nada al azar. “¿Les parece poco? ¿Qué opinan si les digo que además pueden sumergirse en el estanque de los depredadores y nadar junto a tiburones y mantarrayas?”. Sin duda jamás podré borrar de mi memoria ese lugar.

Medusas.
Caballito de mar.

Pez del Océano Índico.
La última parada del Miércoles fue Waterfront y Cape Town Harbor. Este lugar me recuerda a Puerto Madero y estoy seguro que mi querida Eileen (que tuvo la suerte de visitar hace unos años la ciudad) estará de acuerdo conmigo que la visita vale no por el centro comercial sino por la bella mutación que sufre este punto de la ciudad que combina la actividad portuaria con la comercial y en el corazón de esta zona se alza una enorme estructura metálica en forma de rueda de la fortuna (Wheel of Excellence) dónde puedes ver a muchas personas haciendo fila para subir ya que te ofrece una fenomenal vista panorámica y por la noche permanece bellamente iluminada.

Jueves 28 – 06 – 2012 

El Jueves era mi último día completo en Ciudad del Cabo y sabía que tenía que aprovecharlo así que, contra todas las probabilidades, me desperté muy temprano y al mirar por la ventana pude ver la majestuosa Table Mountain completamente despejada así que subimos en el auto de Andrew hasta el funicular que se supone que nos llevaría hasta la cima de la montaña. Mientras esperábamos nuestro turno Andrew me mira muy serio y me dice “¿Sabes? Después de todo el funicular no está tan mal. Para ser una estructura débil sólo se ha caído tres veces y en ningunas de esas oportunidades ha fallecido alguien ¿Qué milagro no?”. Probablemente yo debo haber puesto mi peor cara porque de inmediato mi amigo explotó de la risa y me dijo No puedes caer tan fácil”. Una vez arriba el miedo desapareció y sólo hubo cabida para la felicidad porque mis ojos no podían creer lo que veían. Desde la rocosa cima era posible ver la ciudad en toda su extensión, el borde costero y al frente Robben Island (dónde estuvo cautivo Nelson Mandela). Mientras disfrutaba de la vista pude advertir también que entre las rocas habitan unos animales muy peculiares de suave pelaje marrón y graciosas facciones  llamados dassies o ratas de las rocas y pude fotografiar a uno de estos escurridizos roedores.

Un dassie posando para la foto.
Luego, al llegar el mediodía Andrew me preguntó “¿Sabes que Sudáfrica es uno de los más célebres productores de vino?”. Nos subimos al auto y pasamos a buscar a uno de sus amigos y fuimos por la carretera rumbo a los viñedos. El camino es hermoso y está lleno de viñas locales y cada una de ellas dispuesta a recibir a quién quiera ir a conocer un poco más acerca de esta deliciosa faceta de la ciudad. Por supuesto que no visitamos todas (aunque me hubiese encantado) tuve suerte de conocer dos de ellas: Meerendal y Durbanville Hills. Mientras la primera es la típica viña campestre con una bella casa patronal con sus paredes blancas como la cal y tejas coloniales que rescata lo mejor del siglo antepasado la segunda moderna, altiva y osada se asienta sobre la cima del valle otorgando una hermosa vista de los viñedos. Sin embargo no creo poder elegir entre alguna de las dos. Honestamente hasta este día yo no sabía acerca de la tradición vinícola del país africano y debo decirles con toda franqueza que los vinos que probé acá son lejos los mejores que he probado en toda mi vida.

Mereendal.

Viñedos de Durbanville Hills.
Finalmente a llegar la noche fuimos al cumpleaños de una amiga de Andrew en un lugar llamado “Salushi” dónde probé un excelente sushi acompañado por supuesto por uno de los mejores vinos de Ciudad del Cabo. El lugar era impresionante y los invitados no se quedaban atrás pues había gente de muchas nacionalidades. Tuve la oportunidad de intercambiar un par de palabras en español con un argentino y una brasileña lo cual, luego de tres días, era un verdadero descanso para el lóbulo temporal de mi cerebro.

Viernes 29 – 06 – 2012 

Ciudad del Cabo me despidió con un día nublado y muy helado. Mi vuelo en South African Airways de vuelta a Joburg salió con retraso. En el aeropuerto de la ciudad tuve que pagar nuevamente por el exceso de equipaje y aproveché la oportunidad para preguntar en el counter de la aerolínea que sucedería con el vuelo internacional. Desafortunadamente acá en África el máximo permitido son 30 kilos así que tendré que volver a pagar.

Estos días en Cape Town han sido maravillosos pero el compartir espacio con alguien que no habla tu idioma, no entiende tu cultura y tu sentido del humor es complicado. Se siente cómo estar pisando un campo minado: a veces logras cruzar hasta el otro lado ileso y otras tus palabras o tus actos terminan detonando una mina y haciéndote volar en mil pedazos. Andrew fue un excelente anfitrión y le estaré eternamente agradecido pero por encima de todo, me enseñó una lección que sin duda tendré que repasar en incontables futuras oportunidades durante los próximos 12 meses: cuándo estás fuera de Chile la tolerancia se ejercita a otra escala.

Mi última foto desde Sudáfrica en el hotel Southern Sun en el aereopuerto disfrutando del room service antes de terminar de escribirles. 
Sábado 30 – 06 – 2012

El chirrido estridente del teléfono resonó en la suite 362 del Southern Sun Hotel a las afueras de O. R. Tambo International Airport en Johannesburgo. A tientas intenté torpemente tomar mi celular: eran las 5:49 de la madrugada. Aún confundido por las pocas horas de sueño tomé el auricular y pude escuchar una voz que me decía en un inglés melódico pero difícil de entender “We are calling you from the reception. You tell us to wake you up at 6:00”. Era la llamada de la recepción del hotel que me avisaba que era hora de preparar mis cosas para mi última parada: Kenya.

Todavía dormido salí de la cama rumbo al baño. Tomé una ducha caliente por varios minutos y mientras el agua sacaba de mi todo el sueño acumulado luego de cuatro viajes en avión en menos de una semana pensaba “Esta será mi última ducha con agua caliente en mucho tiempo”. En el primer piso del hotel me esperaba un desayuno pero nada parecido a lo que había visto antes. En numerosas mesas se desplegaban bellamente dulces,  cereales y frutas de todas clases (algunas que no pude reconocer) y en el centro cuatro jarras grandes de jugo natural: mango, maracuyá, guayaba y piña. Creo que jamás podré cansarme de probar estos manjares ¡Qué pena que en Chile estas frutas frescas sean tan escasas!. Comí todo cuanto pude y volví a la habitación por mi equipaje, el cuál estuve organizando trabajosamente con la intención de no tener que pagar otra vez por el exceso de peso en las maletas.

En el aeropuerto de Joburg no tuve problemas para encontrar el mesón de South African Airlines y si bien logré bajar en algo el exceso de equipaje, al pesarlo nuevamente tuve que pagar por los siete kilos de sobrepeso. Mientras me dirigía a policía internacional pensaba en el gracioso contraste entre esta persona que luego de cruzar el Atlántico había llegado al mismo aeropuerto hace una semana luciendo asustado, confundido y sin saber para dónde ir y esta nueva persona que se movía con naturalidad y resolución por el mismo lugar y que espantaba a los que se acercaban para tomar ventaja de él. Probablemente cuando vuelva a Chile, no sea el mismo que soy ahora.

El vuelo en South African Airlines fue bueno. El avión era pequeño (cómo los que suelen utilizarse para los vuelos nacionales de Lan Chile) por lo que al cruzar el Kilimanjaro se movió bastante pero ante semejante espectáculo y luego de tantos viajes ya mi miedo a las turbulencias había quedado atrás. El vuelo me resultó breve porque me fui conversando con Wambui Babu, una keniana de 30 años que vive en Nairobi dónde trabaja como abogado de una firma que se especializa en derecho tributario. Durante las 4 horas de viaje Babu (cómo le gusta que la llamen) me contó acerca de Kenya, de su gente y de su cultura. Hablamos de los cambios positivos que ha tenido el país desde que asumiera el actual presidente y de cómo las elecciones (programadas para marzo del 2013) eran el tema central en los hogares de la mayoría de los kenianos. Su visión era positiva y me dejó muy tranquilo.

Cuando el capitán del vuelo anunció a la tripulación que estábamos próximos a aterrizar miré por la pequeña ventana encima del hombro de Babu y pude advertir la diferencia entre Johannesburgo y Nairobi. Mientras en el primero predominan los tonos ocres debido a la excesiva explotación del suelo y la industrialización de las áreas que rodean al aeropuerto en el segundo la paleta del verde se despliega majestuosa por todos lados dando una hermosa bienvenida al país.

Lo cierto es que cuando sales de la cabina del avión se puede sentir la cálida humedad envolviendo tu cuerpo y empapando tu ropa hasta cubrir todos los pliegues. Una vez en policia internacional Babu gentilmente me ofreció su celular para que llamara a Chile y le avisara a mis padres que había llegado bien ¿Increíble no? La verdad siento que tal vez estas pequeñas grandes cosas me ocurren porque todo el cariño de ustedes me acompaña y me protege estando lejos.

Al salir con mi equipaje me fue imposible no reconocer a Andrea y Francisca, quienes, aunque bronceadas por las últimas semanas en Etiopía, Egipto e Israel, resaltaban entre el resto de las personas, todas de piel negra como el ébano. Ambas sostenían graciosamente un cartel (que guardo como recuerdo de mi llegada) con mi nombre en él y una selección de lo más “selecto” de nuestro vocabulario nacional. Afuera del aeropuerto nos esperaba una camioneta que nos transportó desde ahí hasta el centro de Nairobi. El camino es indescriptible pues, a tan sólo 5 minutos de recorrido, por la ventana izquierda se veían jirafas pastando a unos 50 metros de la carretera: había llegado a Kenya. 


Francisca. Periodista a cargo del Proyecto Street Youth. Es la extrovertida del grupo. No importa que tan malo sea todo, siempre termina sacándote una sonrisa.

Andrea. Médico a cargo del Programa de Nutrición. Es reservada pero cuando llegas a conocerla te das cuenta de que tiene un corazón de oro. 
Nairobi es caótico. Situada en una de las zonas más altas del país en relación al nivel del mar, su clima es menos húmedo y caluroso que el de la Provincia de Nyanza, dónde se encuentra mi destino final, Kisumu. (la altitud es la responsable de que no exista malaria en esta zona). Cuándo miras con detención sus tortuosas y polvorientas calles de la ciudad pareciera que ésta estuviese congelada en el siglo pasado: autos y construcciones tienen una estética muy similar al Santiago de principios de los años 70. Todo está cubierto por una espesa vegetación dónde los cientos de árboles no han sido podados en mucho tiempo y la hierva crece en dirección al cielo sin que a nadie le importe demasiado. Mientras nuestro transporte zigzagueaba por las calles de la capital rumbo al hostal dónde nos hospedamos (Milimani Backpackers), Andrea me decía “Mira esos pájaros. Tienen un tamaño prehistórico”. A través de la ventana se podían ver en el camino unas aves de proporciones descomunales y de una horrorosa apariencia antropomorfa, apiñadas en la copa de unos árboles demasiado frágiles en apariencia para alojar entre sus ramas a 7 de éstos extraños plumíferos con nido y huevos incluido. Hoy descubrí que su nombre es marabú. 

Uno de los marabú en la copa de un árbol.
Marabú en el parque.
Un zoom. 
Nuestra primera parada fue el terminal dónde Francisca tardó tanto en comprar tres pasajes a Kisumu que Andrea se bajó a chequear por qué se demoraba tanto. Mientras yo me quedé en el automóvil con el chofer, Alex, un keniano muy simpático que me explicó en ese inglés melódico y un tanto incomprensible tan característico de la gente que he conocido hasta ahora “Why take two hours in one task when you can do it in four hours? That’s how we do things here in Africa”, algo así cómo “¿Para qué demorarse poco en hacer algo cuándo puedes tomarte más tiempo para hacer lo mismo? Así hacemos las cosas en África”. Estaba completamente de acuerdo con él y ya comenzaba a acostumbrarme a ello.

Luego de que Andrea y Francisca llegaron con nuestros pasajes de bus nos fuimos directo a Milimani Backpackers. El hostal está bien ubicado en el centro de la ciudad y una vez que hice me reservación dejé mi equipaje en la habitación (la que compartiría con otras siete personas) y me fui a sentar a unas mesas dispuestas alrededor de un gran fogón, dónde nos acomodamos y tomamos una Tusker (nunca había disfrutado tanto en mi vida una cerveza helada). Durante la noche conocí a varios extranjeros de paso en Kenya, todos de diferentes partes y por distintas razones. Fue sin duda una excelente manera de partir mi primera semana en el país.

La entrada al hostal
La semana entrante tendremos que volver a la capital a dejar a Andrea que vuelve a Chile y en cerca de un mes yo tendré que hacer lo mismo con Francisca y volver a tomar el mismo bus y viajar ese mismo camino sólo que esta vez sin la seguridad de tener a estas dos tremendas mujeres que se mueven por la ciudad cómo si hubiesen vivido toda la vida aquí. Sólo pensar en eso me pone muy ansioso.

Domingo 01 – 07 – 2012

El reloj marcaba las 9:50 y sentía que personas entraban y salían de la habitación. Me tomó varios minutos recordar que estaba en Milimani Backpackers y que con Andrea y Francisca habíamos pasado la noche en una habitación con ocho camas (supongo que cuándo despiertas cada día en un lugar distinto este tipo de cosas suceden). Fui al baño, ordené mi equipaje, tomé un te con tostadas y me preparé mentalmente para el viaje desde Nairobi a Kisumu en bus.

La estación de buses de Easy Coach (la línea de buses dónde compramos los pasajes) es un antiguo edificio de concreto en cuyo interior hay una gran sala de espera dónde se disponen varios asientos de autobus y un televisor que escupía estridentemente frases incomprensibles en kiswahili con el volumen al máximo. Luego de pasar la espera con Andrea comprando algunas cosas en un supermercado cerca, volvimos a la estación y el bus ya comenzaba a cargar el equipaje.

No es muy cómodo pero al menos llega a su destino final.

El viaje fue honestamente agotador. Encerrados en un lugar durante ocho horas con una treintena de africanos que sentían frío por lo que cada vez que Andrea o Francisca abrían una ventana, era cuestión de minutos para que algún otro pasajero la cerrara. Pese al calor sofocante y a la aplastante humedad la vista de los valles con sus plantaciones de maíz y té y las montañas de Kenya hacían que todo valiera la pena (prometo tomar fotos cuándo vuelva a la capital este fin de semana para acompañar a Andrea al aeropuerto). Llegamos a Kisumu de noche y mientras el bus se estacionaba en el terminal, una decena de conductores de motocicletas (Piki-Piki) se agolpaban afuera para ofrecer sus servicios de transporte de una forma tan insistente que hacían que los molestos porta-equipaje del O. R. Tambo International Airport en Joburg pareciesen unos niños inofensivos. Era de noche y luego de tantas horas de viaje fuimos directamente a dejar nuestros equipajes y a conocer la casa, por suerte los amigos de Andrea y Francisca habían venido por nosotros y nos llevaron en auto hasta el lugar ubicado a las afueras de Kisumu, en un sector llamado Riat.

Al llegar a la casa ya eran las 21:00 y la gente se comenzaba a reunir para ver el final de la Eurocopa entre Italia y España. Era la excusa perfecta para salir a un lugar dónde hubiesen las tres cosas que más necesitaba en ese momento: comida, cerveza helada y acceso a internet. Fuimos en auto hasta Roof Top, un bar que como indica su nombre, está en la azotea de un pequeño hotel. El lugar estaba repleto de extranjeros, entre ellos una española y una peruana que estaban en Kenya por un estudio relacionado con un magíster que cursan en la Universidad de Columbia. ¡Es genial cuándo estando tan lejos de casa encuentras gente con la cual hablar en tu idioma! España había ganado la Eurocopa y mi estómago y el de los demás comenzaba a rugir cómo un león, así que fuimos a un lugar muy cerca de Roof Top llamado Family Kitchen.

La verdad es que la fachada y el lugar dónde se disponen las mesas de Familly Kitchen es muy similar a cualquier restaurante chino del centro de Santiago pero cuándo le pregunté a Andrea por el baño me miró y me dijo “Yo te acompaño. Pero te advierto que es asqueroso” así que caminamos por un patio interior y tuvimos que pasar por dentro de la cocina (créanme que la Seremi de Salud de la región Metropolitana convulsionaría hasta quedar con muerte cerebral si viera las condiciones de higiene del lugar) y luego hasta el baño, Andrea estaba en lo cierto pero mi vejiga explotaría si no hacía algo al respecto, así que junte valor para ignorar a los mosquitos y cucarachas (si pudiese fotografiar cada baño en el que he estado desde que llegué ustedes no se lo creerían, ni yo mismo aún me lo creo). Luego de volver del baño y tras haber visto la cocina no habían muchas ganas de comer pero la orden ya había sido tomada por nuestro mesero: hamburguesa de pollo. La verdad es que al abrir el pan y ver el disgregado contenido en su interior no se podría asegurar que se tratase de una hamburguesa y ciertamente mucho menos que fuera pollo. Me lo comí con gusto y hasta el momento sigo sintiéndome de maravilla.

Es tarde ahora cuándo escribo estas líneas y ha llegado la hora de meterme dentro del mosquitero y esperar a que mi primera noche en Kisumu sea tan buena con las muchas que quedan por delante. Un abrazo sudoroso pero muy cariñoso de buenas noches para todos ustedes. 

viernes, 22 de junio de 2012

LA DESPEDIDA


"Se despidieron y en el adiós ya estaba la bienvenida"
Mario Benedetti


Despedirse nunca es fácil. No importa por cuánto tiempo ni para dónde nos vamos, siempre terminamos dejando "algo" en el lugar de la partida. ¿Por qué nos cuesta tanto mirar por encima del hombro en los segundos finales de la despedida? Supongo que desprendernos de ese "algo" es lo que tanto trabajo nos cuesta. ¿Qué dejamos atrás cuándo damos la espalda hacia el camino recorrido y seguimos adelante?

Con mi familia en Punta Arenas una semana antes de partir
En tan sólo tres días me iré a Kenya y me es imposible no pensar en todo lo que dejo atrás. Este viaje implica desprenderme de mucho. Dejar a mis padres, hermanos y amigos. Dejar mi vida llena de comodidades. Dejar mis miedos, inseguridades y prejuicios. Dejar de recibir para comenzar a entregar. 

Muchas de las cosas que dejo atrás son inevitables: quisiera tener la agudeza de mi madre y la mesura de mi padre, contar con la incansable energía de mis hermanos y con la sonrisa siempre fácil de mis mejores amigos. Algunas otras las dejo atrás porque es necesario para poder avanzar: mi miedo a las turbulencias en los viajes en avión o mi completa ausencia de sentido de la orientación. Pero hay algo que dejo atrás porque se que es lo único que me permitirá seguir adelante: mi corazón repartido entre todas las personas que más quiero. Este último mes ha sido muy emotivo. Es hermoso ver cómo uno va calando en el corazón de otros sin siquiera proponérselo y ver cómo ese amor se refleja en los ojos de quienes lloran tu partida. 

Sin duda la prueba de fuego será antes de subirme al avión pero confiado en la pluma de Benedetti estoy seguro que en el abrazo final, sentiré el calor de la futura bienvenida.

Con mis queridas Loreto y Florencia en el aeropuerto antes de partir a Buenos Aires


martes, 22 de mayo de 2012



 LAS VACUNAS


La mayoría de las personas piensa que los médicos tenemos una tolerancia inquebratable frente a todo lo que pueda ser visual, olfativa o sensitivamente desagradable.  Me encantaría que así fuera, pero han de saber que es un concepto tan frecuente como errado.  No gozamos de inmunidad alguna  y la tolerancia que muchos de nosotros mostramos frente a lo que suele provocar el rechazo indiscutido de la mayoría, es más bien propio de la deformación profesional a la que nos somete el mismo ejercicio de la medicina que a la posesión de una virtuosa indiferencia frente a todo lo que sea fuera de lo común.

Las agujas, sin ir más lejos, no son muy populares. No conozco todavía alguien que disfrute del contacto con ellas. Si alguno de ustedes goza con la idea de ser alcanzado por esos obtusos objetos metálicos, está claro que tiene un fetiche y les digo de antemano, que uno particularmente raro.

Una de las  primeras preguntas que todos te hacen cuando se enteran que te irás a África es cuántas vacunas tendrás que colocarte. La respuesta no será siempre la misma. Cada país del continente negro posee sus propias características: clima, demografía, historia y otros elementos que van conformando una larga lista dentro de la cuál se incluyen, inevitablemente, las enfermedades. Es ésta lógica la que se impone a la hora de determinar cuántas veces tus extremidades serán blanco de esas agujas. Mi cuerpo, mientras escribo éstas líneas, ha comenzado su propia carrera por producir una serie de anticuerpos que, espero, sirvan para combatir cualquier agente extraño que tenga la intención de invadir alguna de sus millones de células durante mi estadía en Kenya. En total 9 vacunas:

  • Vacuna contra la Rabia (3 dosis).
  • Vacuna contra el Tétanos (1 dosis).
  • Vacuna contra la Hepatitis A y B (1 dosis).
  • Vacuna contra la Meningitis A y B (1 dosis).
  • Vacuna contra la Fiebre Amarilla (1 dosis).
  • Vacuna contra la Poliomielitis (1 dosis).
  • Vacuna contra la Fiebre Tifoídea (1 dosis).




Es lamentable, pero la visión extendida que en occidente existe y que ha sido explotada por los medios de comunicación es la del continente africano como sinónimo de enfermedad, pobreza y desesperanza. Así, no resulta extraño entender por qué es una de las inquietudes más frecuentes cuando alguien sabe que viajas a un lugar como Kenya.

El concepto, si bien obedece a una visión occidental negativista, no está del todo alejado de la realidad. Las vacunas se convierten en la primera aproximación real que el voluntario tiene con África. Desde el frío y breve contacto del metal atravezando la piel y encendiendo las miles de terminaciones nerviosas escondidas en el tejido hasta el conocimiento de un sin fin de raras enfermedades que debes evitar contraer, no todas bajo el alero protector de un sistema inmune preparado y alerta: en pleno siglo XXI, la vacuna contra la malaria, sigue esperando ser descubierta.

Recuerdo haber salido del vacunatorio con dos parches, uno en cada brazo y mientras caminaba por la calle en dirección a casa sentí miedo, alegría, dolor, ansiedad  y excitación. Todo  en  una colorida explosión de destellos. Todo esto, pensé, es África. Cada día que pasa, mucho más  cerca.

miércoles, 2 de mayo de 2012

LA SELECCIÓN

"Confía en tus corazonadas. Generalmente se basan en hechos archivados un poco por debajo del nivel consciente."
Joyce Brothers

La selección de cada uno de los jóvenes que parten a África a través de Africa Dream es un proceso largo que consiste en someter al postulante a una serie de entrevistas a fin de conocer quién es la persona detrás del voluntario. Yo, por supuesto, no fui la excepción.

Mi primera entrevista fue con Consuelo Voigt, Directora de Voluntariado de África Dream. Esta entrevista fue grupal. Recuerdo haber estado muy nervioso ya que Consuelo envió un e-mail a todos los postulantes y no pude evitar ver de cuántas personas se trataba. Cuando me di cuenta que seríamos varios, un ánimo derrotista se apoderó de mi, mecanismo de defensa bastante inmaduro que, por supuesto, jamás me ha sido de utilidad alguna. Resultó que finalmente sólo llegamos dos personas. Una reunión pequeña, dónde nos presentamos y pudimos conocer un poco más acerca de la ONG.

Mi segunda entrevista fue con Nicolás Fuenzalida, Director Ejecutivo de la fundación. Nicolás es un pequeño atrapado en el cuerpo de un adulto. Es apasionado por África y contagia su entusiasmo y alegría con tanta virulencia como lo haría cualquiera de las enfermedades que me esperan cruzando el Atlántico. Nuestra conversación se centró en conocer mi historia para poder entender las motivaciones que me habían llevado a tomar una decisión tan grande y sin duda su pasión fortaleció mis deseos de concretar el viaje.

Mi tercera entrevista fue con Miguel Alemparte. Miguel forma parte del directorio de África Dream y es tal vez el más reservado y observador de todos quienes me han entrevistado. Sabía que dentro del proceso de selección pondrían a prueba mi dominio del idioma pero no sospechaba que sería con Miguel pues nos reunimos en un café atestado de gente. Nuestra conversación fue natural y carente de incómodos silencios. Honestamente yo mismo ignoraba que pudiese mantener una conversación en inglés de manera tan fluida, más aún considerando que estaba siendo evaluado. Con él tocamos los temas que hasta el momento, no habían sido puestos sobre la mesa ¿Estaba seguro de mi desición? ¿Tenía miedo de lo que pudiera suceder? "No importa cuántas veces lo imagines en tu cabeza, cuando llegues allá no será ni remotamente parecido a lo que esperabas" sentenció.

Mi cuarta entrevista fue con Ximena Torres. Ximena es psicóloga y tenía la tarea de realizar una evaluación y un test psicométrico con el objetivo de ver que el engranaje de mi cabeza funcionara bien y no estuviera con algún tornillo medio zafado. Recuerdo haber estado muy nervioso. Ximena preguntaba, reflexionaba y de cuando en cuando realizaba pausas pequeñas para hacer anotaciones en una libreta que tenía en sus manos y yo sentía en cada uno de esos silencios que había dicho algo inoportuno. Cuando nuestra reunión estaba por concluir ella sentenció "Algo sucede contigo que me hace pensar que no estás tan seguro". Sólo fueron necesarias éstas palabras para que se esfumaran mis miedos y defendiera con férrea convicción una decisión que a medida que pasaban las semanas en lugar de ir apagándose se hacía más y más fuerte.

Mi última entrevista fue con Viviana Zambrano. Viviana quién también forma parte del directorio de la fundación, fue la encargada de cerrar el proceso de selección. Un cierre dónde sentí que no sólo terminaba un ciclo sino que comenzaba otro mucho más grande. Cuatro días más tarde escuchaba al otro lado del teléfono la entusiasta voz de Consuelo: "¡Será mejor que vayas preparando tus cosas porque te vas a África!"

Algo que aprendí en este proceso es a confiar en las corazonadas. Una corazonada me trajo hasta aquí y desde aquí, me llevará a África en tan sólo unas semanas.