SÉPTIMA SEMANA EN ÁFRICA
Lunes 06 – 08 – 2012
Estar sin Francisca y Andrea parecía tan lejano. Hace seis semanas no me hubiese creído capaz de sobrevivir ni un solo día en África sin un compañero o una compañera con quién compartir lo bueno y lo malo de este bello lugar. Sin embargo acá estoy.
El Lunes es un día flojo. Se suponía que saldría a comprar un lente nuevo para mi cámara porque el que tenía se estropeó al caerse de la cama. La cámara toma fotos sólo en el modo manual, pero la mayoría salen desenfocadas y por esa misma razón no he tomado fotografías esta última semana. Sin embargo, salir solo en Nairobi no es algo que de momento me acomode. Me siento inseguro y vuelo a experimentar esa sensación de indefensión de mi primera vez en el aeropuerto de Johannesburgo. Finalmente decido quedarme en el hostal. El resto del día me lo paso escribiendo y poniendo mis pensamientos en orden.
Por la noche el hostal se llena con las risas de sus ocupantes. Salgo de mi ostracismo y voy por una cerveza con la idea de entablar conversación con alguien, pero todos están muy ocupados en sus asuntos. Me consuelo con el cariño incondicional de Scooby, el perro que vigila el hostal y que me acompaña a cambio de unas palmadas en su lomo. Cuando mi botella se vacía vuelvo al dormitorio. Necesito descansar porque me esperan muchas horas de viaje.
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| Scooby |
Martes 07 – 08 – 2012
Me levanto temprano y voy por una ducha caliente. Mi bus sale a las 9:00 de Nairobi rumbo a Kisumu. Será un viaje largo así que preparo mis cosas y pido algo para desayunar: huevo frito, tocino y panqueques con jarabe. ¡Qué desayuno!
A las 7:30 desde la recepción me avisan que mi taxi me espera y me despido de Milimani Backpackers con la idea de que, quizás, la próxima vez que vuelva a este lugar sea para buscar a Simone y Pilar, las nuevas voluntarias que llegan en Octubre.
El taxi me pasea por las laberínticas calles de la capital hasta que diviso el terminal de Easy Coach. Será la primera vez que haga este viaje por mi cuenta. Pienso en eso mientras me subo y acomodo mis cosas. Una vez que el motor arranca con su estrepitoso rugido comienza a sonar la música africana de siempre a todo volumen y por la ventana, veo como la gran ciudad va desapareciendo ante mis ojos para dar paso a la verde vegetación.
Saliendo de Nairobi a tan sólo unos kilómetros de distancia se encuentra el Great Rift Valley una enorme fractura geológica cuya extensión total es de 4.830 kilómetros en dirección norte-sur desde Yibuti a Mozambique. El Gran Valle comenzó a formarse en el sureste de África hace unos 30 millones de años y sigue creciendo en la actualidad, tanto en anchura como en longitud, debido a que los temblores y la lava bajo tierra contribuyen a su constante crecimiento. De esta manera, en 10 millones de años África se habrá fragmentado en dos continentes dando origen a un nuevo océano.
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| Rift Valley |
En Kenya y Tanzania el valle se divide en dos. El lado este acoge en su interior grandes extensiones de sabana por las que se mueven enormes manadas de mamíferos, mientras que en el oeste, en cambio, existen grandes extensiones de selva africana dónde pueden verse chimpancés y gorilas, entre otros animales. Es aquí dónde se eleva la montaña más alta de todo África: el Kilimanjaro.
El bus va bordeando el Great Rift Valley por alrededor de 10 minutos y desde mi ventana puedo ver como el verde del valle se pierde en un abismo de varios metros de profundidad rodeado de espesa vegetación. Una vista hermosa pero no apta para quienes sufren de vértigo. Dejando atrás esta bella formación geológica nos introducimos en plena sabana dónde puedo ver a los impalas saltando gráciles entre los arbustos. En la mitad del viaje el paisaje vuelve a cambiar dando paso a las verdes praderas sembradas de plantaciones de té dónde mujeres vestidas de vivos colores y cargadas con sendos canastos en sus espaldas van recolectando pacientemente las hojas que más adelante darán vida a la ambarina bebida. ¡Quisiera poder compartir estos maravillosos lugares con tanta gente!
El bus se acerca a Kisumu y el cielo se va cerrando en una muralla gris hasta que de pronto, salido de la nada, el primer trueno anuncia el aguacero. El resto del viaje la lluvia cae furiosa y agudizando el olfato puedo sentir el aroma de las hojas de té y de la tierra mojada. Es el aroma de África.
Son las cinco de la tarde cuando llego a Kisumu y me voy directo a Roof Top. Necesito comer algo y no quiero llegar aún a casa y encontrarme con una habitación demasiado vacía sin la voz de Francisca llenando los rincones. En Roof Top me encuentro con Mariana y Paloma y me quedo conversando con ellas que me cuentan que dejarán la ciudad en unos días. Son mis últimas conversaciones en español en mucho tiempo y no quiero que se acabe el día. Cuando comienza a oscurecer llega el momento de despedirse. Acordamos vernos en algún punto del mundo en el futuro. Cuando la noche cae, vuelvo en silencio en un Tuk-Tuk a mi casa con toda la información recopilada por Mariana y Paloma en su trabajo para la Universidad de Columbia en mi computador.
Llego a casa cuando ya son más de las 22:00. Una habitación vacía sin nadie que me pueda hacer compañía. Pienso que en algún momento deberé abandonar este lugar para trasladarme a otro más cómodo y con mayor independencia. Pienso que esto es lo que es y no tiene sentido darle más vueltas al asunto ¿Qué importa? Estar en África es lo que quiero y sabía antes de venir que tendría que pagar un precio. Vale la pena el sacrificio cuando voy a trabajar cada mañana.
Miércoles 08 – 08 – 2012
Hoy es otro día de trabajo en Rota. Nuevamente debo caminar varios kilómetros para llegar hasta el dispensario y esperar otro tanto para comenzar la rutina diaria. Trabajar en el Programa de Nutrición se vuelve a veces una tarea tediosa porque los avances son lentos y desde el distrito cambian semanalmente las instrucciones de cómo proceder con los documentos.
Comienzo el día cansado pero cuando me concentro en los pequeños que están creciendo poco a poco cada semana siento que todo lo que estoy sacrificando por estar acá vale la pena si logro que al menos uno de ellos mejore. Es eso lo que sucede con Christine que cada semana me vuelve a sorprender con sus avances. Son pequeños logros pero me llenan el corazón de alegría y me dan las energías para seguir caminando.
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| Christine cada semana mejorando un poco más. |
Jueves 09 – 08 – 2012
Es mi primera vez en el KDH luego de dos semanas alejado del hospital. Mi regreso es temeroso porque no se si mi ausencia habrá sido notoria entre el personal y si seré bien recibido. Me siento junto a las enfermeras, las únicas trabajando en el Ward 2 a esas horas. Me saludan brevemente y continúan en sus labores.
Estando sentado una mujer entra gritando estrepitosamente en la primera sala con una niña en sus brazos. Las enfermeras intercambian miradas y le indican que se siente, se calle y espere. La madre obedece, guarda silencio y se sienta a una distancia dónde puedo ver a la pequeña que respira con mucha dificultad y tiene su frente bañada en sudor. El tiempo transcurre lento y las agujas del reloj avanzan implacables resonando a esas horas de la mañana en el silencio de la sala.
La espera me resulta insoportable y finalmente me levanto de mi asiento y decido a hacer algo al respecto. Comienzo a buscar entre las estanterías de la sala un termómetro hasta que finalmente doy con uno y me acerco a la pequeña. La madre adivina mis intenciones y pese a que no podemos comunicarnos me ayuda a examinar a su hija. Está febril y en sus diminutos pulmones entra el aire con mucha dificultad. Mientras me muevo con torpeza las enfermeras me miran silenciosas sin dejar de ocuparse de su trabajo. Una de ellas me dice “¿Necesitas algo?” y yo agradecido por el gesto le pregunto “¿Tenemos algo para nebulizar a esta paciente?” entonces ella se mueve con diligencia y me ayuda a dejar a la niña en una pequeña silla cerca de un balón de oxígeno. En eso comienzan a llegar los internos y al verme ocupado con la pequeña, dos de ellos me echan una mano y luego de unos minutos ya se encuentra estable.
La mañana continúa con la ronda habitual, cama por cama, viendo cómo están los pacientitos y tratando de ir solucionando sobre la marcha los problemas que van surgiendo. Así van transcurriendo las horas y veo que puedo ser útil en pequeñas cosas y me voy sintiendo incluido en un grupo que, en un principio me pareció cerrado. Todo esto me da mucha alegría.
Por la tarde comienzo a ordenar la información que he recopilado para comenzar a trabajar en los nuevos proyectos. Me toma bastante tiempo pero me distrae. Ha sido un día bien trabajado y eso me pone contento.
Viernes 10 – 08 – 2012
Los Viernes siempre traen la promesa de un descanso y esa promesa es el combustible que nos permite terminar la semana lleno de energía. Este Viernes estoy dedicado a preparar el primer informe para Africa Dream. Me gusta tener la oportunidad de poder hacer algo distinto y aprender en el camino y es en este tipo de actividades, en las cuáles no tengo experiencia, dónde más a gusto me siento.
La tarde cae y no me doy cuenta del paso de las horas enfocado en completar esta tarea. Reviso mi trabajo y con satisfacción veo que he avanzado mucho más de lo que me tenía propuesto.
En la noche recibo una llamada de Jay que me invita a salir y distraerme un poco. Acepto y nos vemos en Roof Top. Es día Viernes y una multitud de personas se pasean por la azotea del edificio intercambiando conversaciones en distintos idiomas dónde la música suena fuerte. Mientras compartimos una cerveza Jay me cuenta que viajará por el fin de semana a Eldoret dónde su primo tiene que organizar un matrimonio sikh “¿Quieres acompañarnos? Es cerca, son sólo unas horas de viaje en auto” y ante la posibilidad de conocer un poco más este bello país acepto sin pensármelo dos veces.
Termina la noche y por la madrugada, acostado en mi cama imagino las calles de Eldoret y no puedo esperar hasta mañana por la tarde para poder viajar.
Sábado 11 – 08 – 2012
Es Sábado y Jay y Zamil pasan a buscarme por la tarde para partir a Eldoret. Llevo un pequeño bolso y pese a que me dijeron que hacía frío y que debía llevar una chaqueta para la noche no me lo creo y sólo meto un sweater delgado ¿Qué tanto frío puede hacer en Kenya?
El viaje es hermoso. Tomamos una ruta que yo no conocía, en dónde las numerosas plantaciones de té van llenando el auto con su particular fragancia. Luego de dos horas de viaje la lluvia nos recibe en la ciudad y puedo sentir, por primera vez desde mi llegada al país, algo de frío.
Eldoret es un ciudad al oeste de Kenya, en la provincia de Rift Valley y pese a ser menos poblada que Kisumu, al entrar te encuentras con un lugar mucho más grande en apariencia. Por sus calles de tierra transitan los vehículos levantando polvo a su paso y cada tanto, se pueden ver edificios con pequeños balcones en dónde sus anónimos habitantes cuelgan la ropa.
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| Los edificios de Eldoret. |
El auto de Jay da varias vueltas por calles que yo no conozco. Es de noche y en medio de la oscuridad es difícil ver en dónde estamos hasta que llegamos a un lugar muy iluminado y rodeado por elevadas murallas. Se trata de la Unión Sikh, el lugar de la ciudad dónde se reúnen los seguidores del sijismo, una religión que nace en la India como resultado del conflicto entre las dos religiones imperantes en ese país: el hinduismo y el islamismo. El número de sijes en el mundo se estima en varios millones, lo cual hace del sijismo la quinta religión mundial ¿Increíble no? Nunca había escuchado hablar de ellos antes de mi viaje a África. La religión es monoteísta y cuenta con un decálogo que se parece en varios puntos al de la religión católica. Los sijes practicantes deben llevar siempre consigo los artículos de fe, que son cinco:
• Kesh: pelo largo sin cortar.
• Khanga: pequeño peine de madera para recogerse el pelo.
• Kara: brazalete metálico.
• Kacha: ropa interior de algodón.
• Kirpán: espada ceremonial (en realidad, no es más que una pequeña daga).
El Club Sikh cuenta con bellos jardines y un pequeño edificio de cinco plantas. En el interior del lugar Ram, el primo de Jay está poniendo todo en orden. Mientras paseo por el club mi estómago comienza a rugir estrepitosamente y como veo que nadie más parece estar pensando en comer pregunto “¿Alguien quiere comer algo?” y todos se miran y responden levantando los hombros mientras mastican mirra, una práctica común y muy extendida en Kenya. Me parece extraño que nadie más tenga hambre y entonces caigo en cuenta de que al masticar mirra, ésta suelta una resina que, entre otras cosas, quita el apetito y reformulo mi pregunta “¿Alguien me puede llevar a comprar algo para comer?” y todos comienzan a reír. Finalmente Agu me lleva al centro de la ciudad dónde no hay mucho para escoger. Termino comiendo pollo asado y papas fritas.
Volvemos al Club Sikh y todos están encerrados dentro de los autos. “Hace mucho frío y estamos esperando que Ram termine de poner todo en orden para ir a algún lugar” me explica Jay mientras el vapor que sale de su boca dibuja extrañas formas en el aire. Yo, que encuentro que el frío no es para tanto, decido llevar la cámara y esperar mientras intento en vano tomar algunas fotografías enfocando el lente manualmente. Estoy en eso cuando me percato de que, de los árboles, cuelgan unas flores muy bellas pero no logro enfocarlas de cerca. ¡Que rabia! Entonces algo molesto giro el lente con fuerza y ¡Crac! Lo primero que se me viene a la mente es “Por idiota acabo de romper el lente” y luego miro por el visor y me doy cuenta de que la flor se ve nítida y que al menos ahora, puedo tomar fotos con el enfoque manual. Me paso la siguiente media hora tomando fotos.
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| La causa de que mi lente accidentalmente se arreglara. |
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| El altar que recibirá a los novios mañana por la mañana. |
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| Cirio ceremonial. |
Terminamos la noche en un lugar llamado Mamma Mia’s dónde nos tomamos unas cervezas y conocemos a gran parte de los invitados al matrimonio de mañana.
Domingo 12 – 08 – 2012
Me despierto a las 10:00 de la mañana con el sonido de los tambores. Salgo de la cama y me asomo a la ventana todavía algo dormido y puedo ver el cortejo de la novia ingresando al lugar dónde se llevará a cabo la ceremonia en medio de una lluvia de pétalos de rosas. Cuando los pierdo de vista me voy al baño y luego preparo mi cámara fotográfica para salir a dar un paseo a pie por la ciudad y tomar algunas fotografías.
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| El cielo de Eldoret es único. |
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| Comercio en las calles de la ciudad. |
Caminar por las calles de Eldoret, dónde a nadie parece llamarle demasiado la atención el color de mi piel, es extraño. No me siento observado ni siquiera cuando el flash de mi cámara comienza a disparar destellos. Mientras tomo fotografías me doy cuenta de que en los últimos dos días no he escuchado la palabra “Mzungu” lo cual es completamente inesperado.
Cuando la mañana da paso al mediodía me reúno con mis amigos y comemos algo antes de emprender el regreso a Kisumu. Vamos a Sirikwa, un hotel en el centro de la ciudad dónde tomamos unas cervezas mientras vemos la maratón de las olimpiadas en Londres. Los primeros lugares de la carrera son ocupados por tres africanos, dos de ellos compitiendo por Kenya y uno por Uganda. Todo parece indicar que Kenya se llevará el oro y la plata, pero en los minutos finales Stephen Kiprotich, quién representa a Uganda, pasa a la delantera obteniendo el oro. Cuando me enteré de que para esta competencia había entrenado en Eldoret no me sorprendió, la ciudad se encuentra a más de 2.000 metros de altura sobre el nivel del mar lo que la convierte en un lugar ideal para que atletas de alto rendimiento se preparen. Me resulta divertido pensar que estoy cerrando las olimpiadas en la ciudad que por tradición entrena a los grandes fondistas de África.
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| Sirikwa Hotel. |
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| Los jardines interiores dónde vimos la maratón. |
El viaje de vuelta lo hacemos en el auto de Jay. Durante las siguientes horas cantamos con la música tan alto que ni siquiera podemos escuchar nuestras propias voces. Cuando nos acercamos a la ciudad ya son las nueve de la noche y la música se escucha despacio, casi imperceptible. Estamos cansados pero felices por la pequeña aventura. Cuando llego a Riat me bajo del auto, tomo mi bolso, me despido de mis amigos y pienso “¡Al fin en casa!” y entonces me doy cuenta que a tan sólo unos días de cumplir mis primeros dos meses en África, ya pertenezco a este lugar.
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| Flor en los jardines de Mamma Mia's |












Querido amigo,
ResponderEliminarQué alegría me da leer que te sientes en casa en África....qué bueno saber que tienes amigos cercanos....qué gusto (y un poco de orgullo) ver que has podido comenzar a hacer tu trabajo de curandero....qué satisfacción saber que te sientes feliz.
Me produce mucha tranquilidad y paz, sentir que finalmente encontraste tu nicho emocional, para que ahora sí puedas dirigir toda tu energía hacia lo que motivó tu viaje a tierras tan lejanas....
Un abrazote, recuerda que siempre me acuerdo de ti, cuando sientas que hay unos ojos mirando lo que haces en el hospital y en la posta, soy yo, amigo.
Cariños,
Eileen.
Gracias por tus bellas palabras. Estoy retomando la escritura y en el trabajo todo marcha lento pero muy seguro. UN ABRAZO GIGANTE y gracias por estar... ^_^
EliminarSiempre me transportas al lugar donde estas, siento que hasta huelo esas plantaciones de te, pero que maravilla!! , animo en todo y mucho mucho éxito en tus proyectos!
ResponderEliminarSaludos
Gracias Nani. Es siempre un agrado leer tus comentarios. UN ABRAZO
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